
Ecos de un pueblo con alma


El valor de las fotografías antiguas trasciende el papel y funciona como un portal directo hacia la esencia de lo que fuimos. Al revisar viejas imágenes de Joaquín V. González a finales de 1970, volvió a mi memoria una época marcada por la calidez comunitaria, la inocencia y una profunda lealtad a los valores humanos.
Era una época marcada por vínculos entrañables. En aquel escenario, las celebraciones no entendían de jerarquías. Los festejos del Día del Médico, cada 3 de diciembre, reunían en el patio interno del hospital zonal a directores, enfermeros, choferes, ordenanzas y personal de mantenimiento junto a sus familias. La alegría era compartida por igual en un espacio donde la convivencia real y el afecto mutuo estaban por encima de cualquier rango o condición social. Eran tiempos en los que la palabra empeñada valía más que cualquier documento firmado, y el aprecio hacia las personas se medía por su calidad humana y no por sus bienes materiales.

La infancia en el pueblo transcurría entre tradiciones solemnes y anécdotas entrañables como cuando hice la primera confesión. Un hito espiritual que, en la teoría, prometía serenidad, pero que en la práctica resultaba intimidante ante la imponente figura del cura párroco Manuel Navarro Selva y su enérgica presencia en medio del templo, metía un poco de miedo.

Repasando más fotografías, aparecen las estampas de cumpleaños. Retratos impecables capturados por la habilidad técnica de Don Antonio Capellán, testigo silencioso que inmortalizó a generaciones de niños en sus mejores momentos. Luego estaban las Nochebuenas de espera. Mamá tenía muy arraigada esa costumbre materna de vestir a los niños impecables desde muy temprano, con el resultado inevitable de llegar a la misa de medianoche adormecidos entre el cansancio y el desorden propio de la espera.
A casi medio siglo de distancia, la nostalgia de aquellos años revela una lección fundamental sobre la felicidad. En aquel Joaquín V. González de fin de siglo, la plenitud no dependía del consumo ni de la abundancia material, sino de la coherencia con los propios ideales y del calor de los abrazos sinceros. Hoy, al cerrar este viejo álbum, no solo contemplo fotos amarillentas: acaricio el alma de un pueblo que me enseñó a vivir. Y comprendo que, aunque el tiempo haya cambiado los edificios y se haya llevado a muchos de sus protagonistas, el amor puro de esa infancia sigue intacto en mi corazón, intacto como el primer día.

La nostalgia de aquellos años nos deja una lección eterna. Aquella comunidad era profundamente feliz porque sabía que la verdadera riqueza no se cuenta en billetes, sino en miradas transparentes, palabras de honor y afectos sin condición. Hoy, al apilar nuevamente esas fotos de Don Capellán, me invade una gratitud infinita. Quizás el mundo haya cambiado y las calles ya no sean las mismas, pero qué bendición tan grande haber crecido ahí. Qué privilegio haber sido parte de un tiempo donde fuimos inmensamente ricos... sin tener absolutamente nada más que la vida misma.
Hoy comprendo que lo que guardan esas fotos no es solo el pasado, sino el mapa de lo que verdaderamente importa. Fuimos felices porque nos queríamos sin pedir nada a cambio, porque la palabra bastaba y el afecto sobraba. Hoy miro esas imágenes y sonrío entre lágrimas: el pueblo de mi infancia ya no está en el mapa de antes, pero vive para siempre en el rincón más sagrado de mi memoria.

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