Sobrevivir con el alma en pausa

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Sobrevivir con el alma en pausa
Sobrevivir con el alma en pausa

No quiero salir de casa. La falta de billete congela el cuerpo y el alma. Me cuesta sonreír y ser optimista, y eso que yo era de aquellas personas hechas para remarla con hidalguía y felicidad. A veces siento que me voy quedando sin fuerzas.


Finalmente descubrí con amargura, que en realidad lo que yo establecía como soledad no era tal. Caminamos por las mismas veredas siendo extraños que comparten el mismo peso invisible. Mi ciudad, que solía ser un refugio de saludos afectuosos, se ha convertido en un espejo de miradas esquivas y mandíbulas apretadas. No es solo mi casa la que está en silencio es todo un pueblo que, como yo, está aprendiendo a sobrevivir con el alma en pausa.

Sinceramente estoy irascible y triste a la vez. A este estado llegue a partir de la imposibilidad de subsistir sin estar cada día maquinando la forma de hacer algún trabajo extra para poder mantener a mi familia.

Hoy mi esposa con los chicos se fueron a casa de su abuela que queda a pocos kilómetros de donde vivimos. Yo no quise ir. Quede solo, y con pocas ganas, salí para hacer las compras. Fui a la farmacia, a la verdulería, al súper y a pagar internet. Noté que todos (algunos más, otros menos) estaban irascibles y tristes como yo. Debo decir que mi ciudad es pequeña y nos conocemos todos, por eso sé bien que ellos no son así.

Duele sentirse con ese nudo en el estómago y esa angustia permanentemente, porque no hay plata que alcance ni para lo básico.

Pero creo también que a veces, reconocerse en el otro (aunque sea en la tristeza) es la única forma de no sentirse totalmente roto.

Resetearnos también es válido para buscar esa luz al final del túnel, incluso cuando el presente se sienta tan pesado. En definitiva la esperanza no tiene que ser una solución mágica, sino la convicción de que este estado es transitorio y que nuestra esencia sigue ahí, bajo el hielo.

Hoy al cruzarme con esos vecinos que también cargan el mismo cansancio que yo, entendí que no estoy solo en la trinchera. Si ellos siguen ahí, de pie frente al mostrador o caminando bajo el sol, es porque todavía hay algo por qué pelear. Hay que transformar la desazón en resistencia pura.

Volví a casa, y en el silencio de la tarde, comprendí que el dinero puede congelar el ánimo, pero no tiene el poder de borrar quién soy. Mañana, cuando mi familia regrese y los ruidos de siempre llenen la casa, voy a encontrar en sus abrazos la fuerza para derretir este invierno. Porque al final del día, mientras estemos juntos, siempre habrá una forma de volver a empezar.

Por Omar Dantur



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