México ante la infraestructura de la IA: el país que no puede llegar tarde a su propio futuro

2026-05-26 12:24:42 - MUNDO


México no está frente a una conversación meramente tecnológica. Está frente a una disputa moral por el tipo de país que desea ser cuando la inteligencia deje de nombrar sólo una facultad humana y empiece a operar como infraestructura económica, criterio de gobierno, mediación cultural y nuevo lenguaje de poder. La pregunta ya no es si adoptaremos inteligencia artificial. Ya la usamos, la consumimos, la importamos, la padecemos y, en ocasiones, la confundimos con destino. La pregunta incómoda es otra: ¿seremos un territorio periférico de consumo algorítmico o una nación capaz de construir cómputo, formar talento, atraer inversión, proteger derechos, producir innovación y participar con dignidad estratégica en la nueva arquitectura global de la inteligencia?

Hace unos días tuvimos la oportunidad de participar en la Mesa de Diálogo “Infraestructura tecnológica como habilitador de la economía digital y la Inteligencia Artificial”, convocada por la Alianza por la Innovación Tecnológica, donde se colocó la conversación en el sitio donde debe estar: no en la fascinación por las aplicaciones, sino en la arquitectura que las hace posibles. La IA no es sólo un asistente conversacional, una licencia corporativa, una automatización elegante o una promesa de productividad. Tiene cuerpo. Habita centros de datos, cables submarinos, redes de fibra óptica, chips, subestaciones eléctricas, laboratorios, universidades, normas jurídicas, presupuestos públicos y prácticas sociales. Su nube no es etérea; es una nube con concreto, agua, electricidad, litio, permisos, capital humano y geopolítica.

En esa materialidad se juega buena parte del siglo XXI mexicano. La UNESCO ha sido clara al recomendar que México consolide una estrategia nacional de inteligencia artificial con orientación ética, vinculada al Plan Nacional de Desarrollo, e incorporando como dimensiones transversales la ciberseguridad, la privacidad, la transparencia, la inclusión, la ética y la perspectiva de género. No se trata de redactar un documento ceremonial para la foto institucional. Se trata de construir una arquitectura de gobernanza capaz de alinear regulación, infraestructura, talento, datos, inversión y responsabilidad pública. Un país sin estrategia no queda neutral; queda disponible.

El Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 ya incorpora un eje transversal de innovación pública para el desarrollo tecnológico nacional, mientras el Plan México plantea metas económicas hacia 2030: estar entre las diez economías más importantes, elevar la inversión como proporción del PIB, generar 1.5 millones de empleos adicionales y fortalecer la proveeduría nacional en sectores estratégicos. Allí hay una ventana histórica. Pero una ventana no es todavía una puerta. La oportunidad consiste en convertir esos instrumentos en una política explícita de inteligencia artificial, no como adorno de modernidad, sino como columna vertebral de competitividad nacional.

Regular la inteligencia artificial no significa inmovilizarla. Tampoco significa entregarla al entusiasmo de quienes creen que todo avance técnico es progreso moral. Langdon Winner advertía que los artefactos tienen política, no porque piensen como legisladores, sino porque ordenan posibilidades, distribuyen poder y estabilizan modos de vida. Una plataforma de IA en educación no sólo corrige tareas; define qué se considera aprendizaje. Un sistema predictivo en justicia no sólo procesa expedientes; puede sedimentar desigualdades. Un algoritmo crediticio no sólo calcula riesgo; puede convertir la pobreza previa en condena futura. Regular bien es producir confianza pública. Regular mal es fabricar miedo, burocracia o captura.

México requiere una regulación basada en riesgos, capaz de distinguir entre usos cotidianos y aplicaciones críticas en salud, educación, justicia, finanzas, empleo, seguridad, infraestructura pública y servicios esenciales. También necesita espacios de prueba. Los sandboxes regulatorios permitirían experimentar sin sacrificar derechos, escalar sin improvisar, aprender antes de imponer. La ética, en este terreno, no puede quedar reducida al comité que revisa cuando el daño ya ocurrió. Debe estar inscrita en el diseño institucional, en la auditoría técnica, en la trazabilidad de los datos, en la explicación pública y en el derecho ciudadano a no ser reducido a variable.

La infraestructura fue el segundo cuerpo de esa conversación. La inteligencia artificial no flota sobre el territorio: lo reorganiza. La ENDUTIH 2024 estimó 100.2 millones de personas usuarias de internet en México, equivalentes al 83.1% de la población de seis años o más. El avance es indiscutible. Pero la brecha territorial persiste: 86.9% de las personas en zonas urbanas usó internet frente a 68.5% en zonas rurales; 73.6% de los hogares contó con internet, con diferencias marcadas entre entidades como Ciudad de México y Sonora, en el extremo superior, y Chiapas, Oaxaca y Guerrero, en posiciones rezagadas.

Esa desigualdad no es un dato lateral. Es el mapa moral de la economía digital. La nueva brecha ya no separa únicamente a conectados y desconectados. Separa a quienes usan tecnología para consumir de quienes pueden producir, investigar, automatizar, auditar, decidir e innovar. Manuel Castells advertía que internet podía convertirse en una tecnología de libertad, pero también en un nuevo principio de exclusión. La IA radicaliza esa intuición: si una comunidad no tiene conectividad, habilidades digitales, dispositivos, datos confiables y servicios inteligentes, no queda fuera de una moda tecnológica; queda fuera de una nueva forma de ciudadanía económica.

Los centros de datos muestran la escala de la apuesta. La Asociación Mexicana de Data Centers ha estimado que México podría atraer inversiones de hasta 18,000 millones de dólares en los próximos años y alcanzar 1.5 GW de capacidad hacia 2030, siempre que se fortalezcan las redes de transmisión y la disponibilidad energética. Hoy el país cuenta con una base mucho menor, con Querétaro como epicentro visible de esa reconfiguración digital. El anuncio de CloudHQ de invertir 4,800 millones de dólares para construir seis centros de datos en Querétaro, con 7,200 empleos en construcción y alrededor de 900 puestos permanentes, revela tanto la oportunidad como la exigencia ambiental de esta infraestructura: el proyecto fue presentado con sistemas de enfriamiento sin agua y estándares de sostenibilidad.

Pero un centro de datos no hace, por sí mismo, una nación inteligente. Puede convertirse en enclave si no se vincula con universidades, investigación aplicada, cadenas productivas, mipymes, formación técnica y soberanía operativa. Una carretera que no conecta comunidades termina siendo cicatriz sobre el territorio. Un centro de datos que sólo hospeda cómputo extranjero puede dejar al país mirando desde fuera la máquina que él mismo alimenta con energía, suelo y estabilidad política.

La energía será el umbral más severo. Sin electricidad suficiente, limpia, confiable y distribuida, la inteligencia artificial mexicana se quedará como deseo discursivo. La economía digital dependerá tanto de fibra óptica como de subestaciones; tanto de algoritmos como de permisos; tanto de cómputo como de planeación ambiental. Gilbert Simondon pensaba la técnica no como instrumento servil, sino como realidad que requiere cultura para ser integrada humanamente. México necesita justamente eso: una cultura técnica capaz de comprender que la infraestructura digital no puede construirse de espaldas al agua, al territorio, al clima y a las comunidades.

A esa infraestructura material debe sumarse la infraestructura humana. El déficit no es únicamente de programadores. Se requieren especialistas en ciencia de datos, nube, ciberseguridad, automatización, diseño de productos, gobernanza algorítmica, evaluación de impacto, ética aplicada y comunicación pública de sistemas complejos. También directivos alfabetizados en IA, servidores públicos capaces de contratar tecnología con criterio, docentes que no la reduzcan al plagio y ciudadanos que puedan exigir explicación cuando una decisión automatizada toque su vida.

La brecha de género en STEM condensa uno de los riesgos más graves. IMCO reportó en 2026 que, aunque las mujeres representan 54% de la matrícula universitaria en México, sólo una de cada tres estudiantes en carreras STEM es mujer; además, la brecha salarial de género en STEM alcanza 15%. No es sólo una injusticia estadística. Es una pérdida de inteligencia colectiva. Un país que excluye a las mujeres de los campos tecnológicos renuncia a capacidades interpretativas, científicas y productivas que necesita para no reproducir, en código, las asimetrías del viejo mundo.

La adopción empresarial tampoco puede quedarse en las élites. Stanford HAI reportó en el AI Index 2025 que el uso de IA en organizaciones pasó de 55% en 2023 a 78% en 2024, mientras el uso de IA generativa en al menos una función empresarial creció de 33% a 71%. México, sin embargo, aún muestra rezagos básicos de digitalización productiva. Los Censos Económicos 2024 registran que sólo 5.5% de las unidades económicas realizaron ventas por internet, un avance frente a 2018, pero todavía insuficiente para hablar de una economía digital extendida.

Por eso la política de IA no puede hablar únicamente con grandes corporativos. Debe llegar al taller, al comercio familiar, al productor agrícola, a la clínica local, al medio comunitario, al gobierno municipal, a la universidad regional. México necesita extensionismo tecnológico: diagnósticos accesibles, laboratorios sectoriales, microcredenciales, créditos tecnológicos, acompañamiento en ciberseguridad, alfabetización de datos y métricas de retorno social. No basta entregar herramientas. Hay que enseñar a gobernarlas.

Las inversiones privadas pueden acelerar procesos, pero no sustituyen estrategia pública. Microsoft anunció en 2024 una inversión de 1,300 millones de dólares en México para infraestructura de nube e IA, con la intención de fortalecer conectividad y promover adopción entre pequeñas y medianas empresas, buscando alcanzar a 5 millones de personas y 30,000 pymes. Ese tipo de inversión puede detonar capacidades si se articula con universidades, estándares de competencia, ecosistemas locales y proyectos de impacto nacional. Si no, quedará como modernización importada: útil, rentable, pero incompleta.

La pregunta de fondo es qué entiende México por competitividad. Si la reduce a atraer capital, quedará atrapado en una lógica de disponibilidad territorial. Si la concibe como construcción de capacidades, podrá convertir infraestructura en conocimiento, conocimiento en innovación, innovación en productividad y productividad en bienestar. Amartya Sen sostuvo que el desarrollo debe entenderse como expansión de capacidades humanas. Esa idea resulta decisiva aquí: una estrategia de IA que no expanda capacidades sólo cambia la interfaz de la dependencia.

El anuncio de Coatlicue, la supercomputadora pública mexicana proyectada con 314 petaflops y una inversión de 6,000 millones de pesos, muestra que México empieza a comprender que la capacidad de procesamiento también es una forma de soberanía científica. El gobierno la ha presentado como la más poderosa de América Latina. Su valor no estará sólo en su potencia, sino en el ecosistema que logre activar: salud, clima, energía, movilidad, manufactura, educación, ciencia abierta, investigación universitaria y políticas públicas basadas en evidencia. Una supercomputadora aislada sería monumento. Una supercomputadora conectada con el país puede ser institución.

México ya está dentro de la inteligencia artificial. Lo que falta decidir es el lugar histórico desde el cual quiere habitarla: como usuario dependiente, como maquilador de infraestructura, como mercado de consumo o como país capaz de mediar responsablemente entre tecnología, economía y dignidad humana. La infraestructura tecnológica no es sólo habilitadora de la economía digital; es la gramática material del futuro. Y toda gramática, cuando ordena la vida común, exige una pregunta moral: ¿para quién construimos inteligencia?, ¿con quién la construimos?, ¿a quién incluye?, ¿a quién vuelve invisible? El país que responda tarde no sólo perderá competitividad. Perderá la posibilidad de nombrar, con voz propia, el mundo que otros ya estarán programando.

Fuente: google.com