HOY

2020-08-05 19:09:12 - FIESTAS PATRONALES

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A medida que van pasando los años, nuestra gente va mutando en costumbres y creencias.


La evolución de cada pueblo, ciudad o región acompaña esas mutaciones, traduciéndolas en reglas de convivencia. Reglas que precisamente por regir la conducta humana están hechas en virtud de un pacto social, un pacto que implica el consentimiento mayoritario de priorizar y defender determinados principios y valores, objetivos y necesidades que las personas consideran fundamentales y justas para una vida digna. 

A veces sentimos que esas leyes no son justas y las cambiamos. Pero también para cambiarlas existen procedimientos y reglas mayoritariamente aprobadas. Eso genera un orden que nos convierte en comunidades más o menos civilizadas. Y el más o menos para la mayoría está dado, por el respeto que todos debemos tener por la Libertad (propia y ajena) la Justicia (social e individual) y la Igualdad (que implica equidad e igualdad de oportunidades).

La fe, no está alejada de ello. La fe, es una virtud desde el punto de vista religioso, porque es la capacidad de “creer sin haber visto”. Es la creencia en la existencia de un ser superior al que llamamos Dios, pero también es la creencia en un dogma o un sistema de dogmas que tal o cual religión establecen como sistema de vida. Sistema que las personas “elegimos” o no acatar.

Por eso del libre albedrío. Del que habla la ley, tanto humana como religiosa.

Por eso también cuando faltamos a esas reglas, se nos llama reos (ley humana) o pecadores (ley religiosa). Y pedimos perdón… 

Nuestra religión dice que Dios es misericordioso y nos perdona siempre, que su hijo Jesús dio su vida para que fuéramos perdonados. 

La justicia humana no es tan benevolente como la divina, en principio. Porque cuando fallamos, nos sanciona y nos hace perder eso que tanto amamos y que se llama Libertad, o eso por lo que tanto trabajamos y que se llama Propiedad. A veces cuando no hay justicia, vemos impunidad y nos enojamos, pero nos olvidamos que quienes aplican esa justicia son seres humanos y por lo tanto, no son las leyes las malas, sino el mal humano que no la acata, que la desconoce o que la ignora. 

Dios ¿castiga?

Yo creo que no. Yo creo en un Dios que perdona, que acompaña en nuestra evolución. Creo en un Dios que nos desea felices, nos desea libres y solidarios. Creo en el Dios que Santo Domingo creía cuando decía:  "No quiero estudiar sobre pieles muertas, y que los hombres mueran de hambre según el peso y la patología de la persona.

Y se avino a la predicación de la palabra de Dios despojándose de sus libros y los pocos bienes que tenía en favor de los pobres.

Somos los hombres los que hacemos mal y las malas consecuencias sencillamente repiten una lógica. 

No hay castigo alguno en un dogma que solo intenta iluminarnos. Dicen que la madre de Santo Domingo al darlo a luz tuvo un sueño en el que, en su seno, había un cachorro con una antorcha encendida en su boca y que al salir parecía prender fuego a toda la tierra. Y si pensamos en el fuego de pentecostés, que simboliza precisamente la sabiduría, pues el máximo 

predicador de la religión católica no podía llevar otra cosa en su prédica que una antorcha encendida, la luz de la sabiduría. 

No endilguemos en Dios o en los Santos la responsabilidad de lo malo que nos pase. 

No poder comer copitos de nieve (algodón de azúcar para algunos) o comer empanadas de la doña que ganó la competencia, no poder competir en el concurso de tango, o en el de truco. No poder ir a las carpas y bailar hasta el amanecer, e incluso embriagarse en honor al Santo, no es culpa de Dios. No existe el corona virus por culpa de Dios. 

La naturaleza es sabia, pero la naturaleza no perdona. Quería tomarse un respiro de los humanos depredadores, que nos la pasamos destruyéndola, aniquilándola. Cuando devastamos nuestros bosques por enriquecernos con los dólares sojeros, petroleros o mineros. Cuando destruimos pueblos, faunas, floras enteras con los químicos, los gases, la radiación de las bombas y armas nucleares de las que la soberbia humana se ufana. Cuando nos creemos muy vivos porque hacemos pesca o caza prohibida y nos importa un comino saber que se trata de especies en extinción (por nuestra propia culpa). Cuando contaminamos el agua ¡¡¡el agua!!! Y con plásticos basuras, combustibles y desechos de todo tipo envenenando peces y especies acuáticas. Cuando degradamos al hambre y a la enfermedad a los pueblos más débiles del planeta y los explotamos en pos de superproducciones que la globalización ordena… Cuando aturdimos a los animales domésticos, a los niños pequeños con fuegos de artificio, con golpes y gritos, con armas detonadas a metros de sus camitas... ¿qué pretendemos hacer de ellos? ¿Esperamos acaso que un niño que crece entre padres violentos, sea un ejemplo de conducta? ¿Y que mañana ese niño no viole, no mate, no sea violento, no destruya como hemos destruido su inocencia?

La auto - extinción está en marcha y el corona virus tal vez no sea el cuco que creemos, sino una gran advertencia de esa naturaleza que no perdona, que no se corrompe como la justicia humana para dejarnos impune, su castigo es arrasador y matemático. 

Nos obligó a encerrarnos. A ver si de una vez por todas reflexionamos. 

Este año no podremos “festejar” al Santo… Esperemos que la naturaleza que no hace otra cosa que obedecer a las reglas de su creación y con ellas a su creador, nos permita festejar el año que viene. 

Hoy, tal vez sea hora de reflexionar en su honor. Y agradecer a Santo Domingo, agradecerle mucho. Porque seguro es un milagro suyo que con tanta indiferencia humana, los humanos sigamos vivos. 

Agradecerle que al menos aún estamos a tiempo de reflexionar y de cambiar las cosas.

Agradecerle que tal vez no seamos tan “civilizados” o “globalizados” como las grandes y ricas comunidades del mundo… pero somos los últimos en contagiarnos y los menos contagiados… 

Tal vez porque no estamos TODAVÍA tan corrompidos. 

Agradecer que por fe, para los que creemos en el Santo y para los que no creen en él, por los valores compartidos en pro de una humanidad justa, libre y solidaria, agradecer que por esa fe o por ese axioma, el corona virus al fin y al cabo nos mantiene a salvo.

Tal vez salgamos ilesos si seguimos la regla que el coronavirus puso a prueba, la de que un mundo sano y un espíritu solidario quizá sean el principio de nuestra salvación.

En estas fiestas patronales, reflexionemos…hasta que volvamos a vernos.

ESCRITO POR "NENA" CÓRDOBA