Los novios atravesaron la plaza Martín Miguel de Güemes, con los anillos en las manos sudorosas de ella. Minutos antes, el padre Hugo Molina, los bendecía en la parroquia Santo Domingo de Guzmán. Miradas cómplices y tensas, y la espera de los novios que se hacía interminable en la vereda del Registro Civil gonzaleño, que está ubicado en calle Mariano Moreno, detrás del Colegio Secundario y a la par de la Liga Anteña de Fútbol. La mañana empezaba a tornarse húmeda y sofocante cuando Gabriela Alejandra Lemos (empleada del Registro Civil) llamó a los novios, a los testigos, y a la traductora matriculada que se vino desde la capital salteña, para cumplir con su presencia, un requerimiento ineludible para consolidar las formalidades del acto matrimonial.
La bandera Argentina, y muy cerca la Salta, se erigían como marco del retrato amoroso en el interior del salón. El orgullo de quienes presenciamos la ceremonia se emparentaba un poco a la de los flamantes cónyuges. Mientras la grabación corría, pensaba en los amigos y familiares de Jason, quienes verían las imágenes de la boda, a través del mismo internet que gestó esta unión. Me quedé pensando en la simpleza de Marina en su honestidad, humildad y transparencia. Con nada más para ofrecerle al hombre elegido, que su corazón y su vida. Nada más y nada menos que eso. Tan simple como eso, tan simple como amar sin exigir más que un sentimiento sincero y afín, para poder alcanzar la cima del mundo. La mirada de Jason solo se clavaba en ella. Con sus ojos tiernos la mimada y nada podía sentirse tan completo. Ya estaba cumplido su objetivo, y atrás dejaba los ocho meses de insomnio y ansiedad. Nada más podía importar. Ahora los espera la felicidad. Esta historia está dedicada a todas las mujeres valientes que quieren cambiar su vida buscando un horizonte mejor para ser feliz.
Como un cuento mágico
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El viernes 20 de abril a las 13, Marina y Jason cumplieron el sueño de casarse, y lo realizaron en el Registro Civil de nuestra ciudad (VER VIDEO). Los miles de kilómetros de distancia que separan a Indianápolis de Joaquín V. González, se hicieron nada, se redujeron a un solo lugar, a un mismo sentimiento: Amor. Lo que surgió de manera virtual, a través de internet, pasó a ser tan real e intenso como la vida misma.