Observo un puñado de locos de la utopía que cantan villancicos en contra de la corriente, y en cada mirada de espectador, advierto cierta envidia por no tener los mismos cojones para sumarse a esas voces libres de pena.
Miro más allá de la protesta y entiendo que ni siquiera cientos de excusas son suficientes para justificar el hambre de un solo niño.
Un perro flaco tendido en el patio de tierra de la casa de ese niño me suplica un hueso. Pero entonces caigo que la tierra ahora es barro, y para llegar a ese barro sólo hay calles inundadas de agua y de resignación popular, y donde no hay agua, sólo hay baches eternos. Las promesas blandas de gobernantes blandos quedan sumergidas con cada lluvia, y cada gota es un voto.
Veo a más niños corriendo la plaza, entreverados en olores nauseabundos de aromas vacunos que todos sienten pero dejan flotar, y se les impregna como la pasividad y el silencio, en la piel y en la falta de conciencia ambiental.
Veo las mismas injusticias de siempre en el Estado, en los hogares, y en el planeta, que es cada vez más visitado por extraños, como esa ráfaga voladora que nos quita las luces todas y aún se percibe en el dique de ilusiones.
Me veo envuelto en una Navidad de 45° a la sombra, y por aquí la nieve no llega ni en aerosol, y si se improvisara una, se derretiría como la tradición, a pedazos y sin condena. Como los desmontes del Diputado y su pobre intelecto, y de las corporaciones agro, ejército de destrucción, porque arrasan árboles y también futuro. Sin condena, como el Diputado.
Miro escuelas mojadas, sin techos y sin reclamos, estereotipos de una quietud incomprensible, bastarda. Escucho un gobernador, a su mamarracho de gestión, vil mentira que desintegra la esperanza, o peor aún, dos años desintegrándola.
Pero no todo está en penumbras, la tarde y el fuego presentan cierta tregua, y el viento trajo a sus hijos niños, orgulloso de ellos y de su música, melodía cañiza, dulce como la miel interior. Y miro hacia delante, y no la dirijo hacia el cielo, porque el celeste puede esperar, miro al pueblo, humanidad pequeña pero tangible, y pido por ellos, porque ese mismo viento traiga justicia, honestidad y oportunidades de bien.
Nace el Año veinte diez, historias viejas, historias nuevas, y también amor.
Federico Maigua.