REVOLUCION
revolucion
Mayo tibio y húmedo por naturaleza,
bien rioplatense y,
no por eso solamente porteño,
Mayo argentino.
La gesta entre antorchas y paraguas
que tarde o temprano llegaría,
aquí tocó Mayo.
Decenas de gestores,
hoy son cientos de miles,
dos siglos más tarde,
un pueblo exige de pié.
Los revolucionarios de 1810
vestían saco, botas y galeras,
o calzones y facón.
Los revolucionarios de 2010
cargan zapatillas, vaqueros,
remeras y pañuelos,
una mochila, y a veces un morral.
Los de 1810
reclamaban un nuevo gobierno,
legítimo, creíble, representativo,
justo y honesto.
Nosotros también.
Allá lejos en el tiempo,
Hubo quienes se atrevieron
a enfrentar un poder externo,
un imperio armado,
un sistema injusto y opresor.
Hoy acá, con palabras,
con ruidosas marchas,
piquete y cacerola, pero sobre todo
con muchísima energía y garras,
la eterna lucha no cesa ni decae,
persiguiendo libertad,
y reclamando justicia.
Enfrentando otros imperios,
internos y foráneos,
entre ellos el de la corrupción.
Aunque muchos permanezcan ausentes
y sumidos en un oscuro letargo,
también brillan quienes deliran
y transpiran revolución.
Perfectamente visibles.
En un justo corte de calle.
Un comedor barrial autogestionado.
El micrófono independiente
de una radio independiente.
En un centro vecinal alternativo.
Un teatro callejero libre.
La real metáfora
de una canción combativa.
La paranoia sana de
un idealista solitario.
En los pañuelos albos que protegen
las cabezas de las Madres.
Una fábrica en quiebra
tomada por sus empleados.
En la impávida agonía de Kostequi
y en la pasión sin medidas de Santillán.
Las letras jugadas
de una columna periodística.
La cooperativa creada
por una organización comunitaria.
O la tensión en medio
de los remates de campo
frustrados por las mujeres.
En los ojos rasgados
de un nuevo Malón de la Paz,
ahora disperso, pero todavía vigente.
En cada una de las piedras
de un 21 de diciembre sangriento.
En el puente de Gualeguaychú,
o la rebeldía de Andalgalá.
En la bandera multicolor
de los pueblos originarios,
wiphala que ondea enérgica
junto a la celeste y blanca,
y juntas e inseparables
abrazan este orgullo argentino.
Tal vez realidad patria impensada,
pero de revolución al fin,
mientras uno de nosotros,
al menos uno,
sembrando dignidad
resista ante el poder mal habido,
emblema en mano
engendrado en el pecho,
si hubiera al menos uno,
ese sueño-grito doblemente centenario
no habrá existido en vano,
incluso en las más lejanas expresiones
de una nación que aún hoy,
reclama Libertad,
sólo eso, Libertad.
Federico Maigua.