

En la capital salteña
Caporales y tinkus le dieron otro movimiento y color a las calles de Salta, en las que centenares de bolivianos y salteños mostraron su devoción por la Virgen de Urkupiña, que se venera en el santuario de Quillacollo, Cochabamba. La imagen parece cada año más familiar para los últimos fines de semana de agosto: en el extremo de la procesión, una camioneta con unos potentes parlantes que hacen escuchar las sayas a toda la cuadra. Enseguida, un conjunto de caporales o de tinkus, que pueden bailar tres o cuatro horas durante la mañana.
Luego aparece la pequeña procesión de la familia, que acompaña una imagen central de la Virgen de Urkupiña, que se multiplica en los brazos de muchas mujeres que acompañan el cortejo. El papel picado blanco o coloreado resalta en el pelo negro de los promesantes. Por último, los autos cubiertos con el "cargamento": los aguayos y adornos indígenas multicolores y muñecos de pelucos, a los que se agrega, como un clamor, algunos billetes verdaderos de un dólar, o reproducciones de cien.
La procesión toma más color con las banderas rojas, amarillas y verdes, o los estandartes en los con letras doradas o plateadas se asienta el nombre de los promesantes.