Un rato más

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Un rato más
Un rato más

Y así nomás descubrí ese día, del que siendo joven jamás pensé que me hallaría. Me encuentro en este punto de la vida, en que los 40 y pico me gustan, pero también empiezan a hacerme un poco de ruido. Es un momento en el que trato de acomodarme a esa rara sensación de aceptar que los tiempos ya están cortos. Pero también, eso me ha impulsado a ser un afanoso y eficaz administrador de mis segundos.

Por otra parte, me  convencí que el tiempo es lo único de valor intrínseco que tengo, y solo yo puedo determinar cómo gastarlo. Por suerte me di cuenta a tiempo, que los momentos pasan muy rápidos en la vida, y hay que intentar honrarlos de la mejor manera posible. Este no es un dato menor, por el contrario, es una referencia trascendental.

Mágico deleite

La parte mágica comenzó para mí, en el redescubrimiento y la nueva recepción de estímulos como que fluyen sensaciones, pero también percepciones. Y eso es maravilloso.

Encierro como en una fotografía, los azarosos episodios de plena felicidad, que de manera original aparecen ahora con mayor frecuencia. Como atajos impredecibles hacia el nirvana.

En la intimidad de mis cavilaciones, colijo que el amor en cualquiera de sus modalidades, se constituye en la razón más importante de nuestra presencia física por la tierra. Y Dios está ahí, me escucha y me ve.

Y Dios está también porque le he pedido un rato más. Solo un rato más para cumplir con algunos detalles que me auto exijo, en esto de realzar la vida que me ha dado.

Analizo con ternura la nobleza interminable que habita en el interior de mi hijo Nacho, mientras él atraviesa la avenida Güemes para comprar en el kiosco de la plaza algo para su mamá. Antes venía de recorrer farmacias, buscando un medicamento para su abuelo Ricardo.

Nacho está por cumplir 16, y contrariamente a lo que uno supone que haría un adolecente de esa edad, es extremadamente responsable y está siempre preocupado por cumplir con las personas que ama. Dicho esto, ¿Cómo no enternecerme con un hijo así? ¿Cómo es posible no amarlo infinitamente? Es inadmisible retener alguna encendida lagrimita. Aprovecho que tengo el casco puesto, y esta situación me da el pie para dejar correr esa emoción con cierta impunidad.

Esa es la imagen, el retrato, la fotografía. El golpe de impacto emocional que casi siempre dura algunos pocos minutos, pero que nos hace tocar el cielo con las manos porque nos hace sentir felicidad.

Son las 6 de la tarde y me encuentro trepado en mi motocicleta blanca a punto de salir. Estoy en el barrio Policial, cerca de la cruz blanca, al final de la avenida Güemes de mi ciudad natal: Joaquín V. González. Allí vive Cintia, mi compañera en la vida desde el 2006.

No hace  frío a pesar del invierno en este  atardecer de julio. Miro hacia el horizonte ribeteado de naranja, negro y amarillo. Ella se acerca con nuestro hijo Lisandro en brazos para que él me despida con un beso. Abrazo a mi hijo y también la abrazo a ella.

Muy juntos, bien abrazados los tres, como si iríamos a fundirnos en una misma persona,  intercambiamos algunos besitos. Otro golpe en la mandíbula de mis emociones ¿Qué más explicar? Se me hincha el pecho de satisfacción plena. Momento de vida que eleva mi autoestima. Mágicas fracciones de felicidad, pero que en definitiva, son las que construyen una existencia digna y con sentido. Asumo que soy extremadamente apasionado, pero si he de sentir, que sea así. Que sea en carne viva, tanto en el amor como en el dolor. Como hasta prescindiendo de mi propia piel.

Es este el camino que transito hoy, convencido de hacia dónde dirijo mis esfuerzos.

Porque, ¡hay tantos besos  que todavía no te he dado! Vivo una y otra vez en el deseo inagotable de acariciarte con ternura, y pedirte mil disculpas con el corazón en la mano cada vez que te ofendo o te hago daño.

Pido un rato más para serte útil y pensar en  vos con la frecuencia de tus requerimientos. Pido un rato mas para decirte tantos “te quiero” como me sean posibles. Y sonreírte poniendo cara de “chico ganador”, aún sabiendo que estoy más cerca de ser un viejo “cuatro de copas”.

En fin, basado en ese amor y mis ansias por vivir, es que he decidido batallar un rato más. Luchar con alegría por ese rato de más, bregando para ser un digno merecedor de esa chance. Espero que ni Dios ni el destino me la nieguen. 


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