Es lamentable el ascenso al poder gubernamental de líderes populistas, que llegan a través de la democracia liberal y después la tratan de destruir.
Los populistas formulan argumentos contra la democracia liberal, creando la ilusión de una alternativa diferente. Sus argumentos para obtener el apoyo popular son la crítica a la desigualdad y la promesa de resolver los problemas sociales.
El modelo es Trump, cuya esencia es un nacionalismo proteccionista, una retórica polarizadora y guerras de invasión y despojo. Dice Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía: “La economía, la democracia y la seguridad nacional de Estados Unidos se están sacrificando en el altar de la codicia insaciable de Trump y sus aduladores”.
Trump decidió que los ingresos petroleros de Venezuela los maneje el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y que se consideren como ingresos petroleros de ese país. Ante el desastre que vive Venezuela por los sismos, con miles de muertos y 50,000 desaparecidos, el gobierno venezolano impuesto por Trump no tiene los recursos para la reconstrucción. Hay que recordar a Henry Kissinger: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es fatal”.
En Argentina, Chile, Colombia y Perú se han consolidado gobiernos populistas de derecha. También en otros cuatro países. Estos gobiernos están alineados con Trump porque quisieran ejercer el poder de forma similar.
Ante la fuerte presencia de gobiernos populistas es previsible que continúen con un modelo autoritario de mayor concentración de la riqueza y alejado del Estado de bienestar. A ello se suman el poder de los narcotraficantes, la criminalidad y las migraciones.
Todo esto produce desconfianza hacia las democracias representativas, lo que lleva al surgimiento de líderes demagógicos, a la vez que se distorsiona la cultura política. Estamos ante un cambio de paradigma en el que prevalece la desorientación al no existir respuestas a la penuria económica, el desempleo y la falta de oportunidades.
Desigualdad y caos político se dan la mano para ahogar las esperanzas que supuso la extensión de la democracia en la mayor parte de América Latina. La presencia cada vez mayor de las fuerzas armadas y el autoritarismo alientan la movilización social.
Ante este panorama es previsible que los esfuerzos de integración regional pasen a formar parte del catálogo de buenas intenciones. Lo mismo ocurre con las dificultades para definir políticamente posiciones en favor de la región. Ideológicamente está faltando el centro político, que es la prudencia.