La farsa de la estación vacía

El tren no pasa una sola vez ¿Qué clase de ramal miserable sería si esto ocurriera en realidad? Hay que bajarse del pánico, porque es un error mirar hacia el vagón que se fue. El tren pasa todo el tiempo.
2026-10-21 11:55:33 OPINIÓN

Nos han educado en la cultura del desespero. Desde niños nos metieron en la cabeza esa sentencia categórica, dicha con tono de advertencia trágica y aroma a sentencia de muerte: "Aprovechá que el tren pasa una sola vez". Nos enseñaron a mirar las oportunidades con el pánico del que ve alejarse el último vagón en medio de la noche, creyendo que si no saltamos sobre la marcha hacia lo desconocido, nos quedaremos para siempre condenados al andén de los arrepentidos. Qué falacia tan absurda. Qué manera tan vil de instalar la ansiedad como motor de vida.

Para empezar, analicemos la metáfora desde la lógica más elemental: ¿qué clase de ramal paupérrimo y miserable sería aquel donde el tren pasa una sola vez? Un sistema ferroviario que ofrece un único viaje en toda una existencia no es un servicio de transporte, es un castigo. Es una trampa logística, una infraestructura en ruinas. Si el tren pasara una sola vez, la estación no sería un lugar de tránsito, de movimiento y de vida, sino un monumento al abandono, un páramo donde las vías oxidadas terminarían cubiertas por la maleza del desuso.

Aceptar esa frase es aceptar que la vida es una tragedia de escasez. Es asumir que el universo es tacaño y que el destino tiene un presupuesto tan ajustado que solo le alcanza para darte una bala.

La realidad es radicalmente distinta: el tren pasa siempre

Las oportunidades no son un fenómeno cometa que cruza el cielo cada cien años. Son el tráfico constante de la existencia. Pasan trenes locales, exprés, de carga, nocturnos y de alta velocidad. Pasan trenes que te llevan a ciudades que ni sabías que existían y otros que te devuelven a estaciones que necesitas redescubrir. Oportunidades hay permanentemente porque el mundo no se detiene, porque el cambio es la única constante y porque las circunstancias se reconfiguran cada mañana.

Lo que verdaderamente cambia no es la frecuencia del tren, sino nuestra capacidad para subirnos
A veces el tren pasa y no estamos listos. A veces no tenemos el boleto en la mano, o estamos demasiado cansados para correr, o simplemente estamos mirando hacia el lado equivocado del andén. Y no pasa nada. Perder un tren no es una tragedia irreversible, es casi siempre, una lección de puntualidad o de criterio.

El verdadero peligro de creer en la mentira del "tren único" es doble

El primero es la parálisis por desesperación. Nos subimos al primer vagón que pasa, no porque sea nuestro destino o porque nos guste el paisaje, sino por el terror neurótico a quedarnos a pie. Terminamos en vidas ajenas, en trabajos asfixiantes y en relaciones marchitas solo por haber saltado a bordo presos del pánico.

El segundo peligro es la resignación prematura. Nos convencemos de que "ya se nos pasó el tren" a los treinta, a los cuarenta o a los sesenta años. Nos sentamos en el banco del andén a ver pasar el tiempo, autoconvencidos de que la suerte ya jugó sus cartas y que solo nos queda esperar el final en la sala de espera.

Hay que desmontar ese mito con contundencia. La vida no es una estación fantasma en el fin del mundo, es una gran terminal central por la que cruzan vías en todas las direcciones.

No te obsesiones por el vagón que ya se perdió en el horizonte. Dejalo ir. Probablemente ni siquiera iba hacia donde vos necesitabas viajar. Concentrate en afilar la mirada, en preparar el equipaje correcto y en decidir con claridad a dónde queres ir. Porque mientras estés vivo, mientras respires y mantengas la voluntad intacta, el metal seguirá rechinando sobre los rieles y los faros de una nueva oportunidad volverán a iluminar tu andén.

El ramal de la vida es infinito. Asegúrate de tener ganas de viajar, porque el próximo tren ya viene en camino.