Una muy triste noticia enluto a todos los gonzaleños, y fue el fallecimiento de Tití Valdivia, a quien cariñosamente todos le deciamos Cata.
Aunque estaba residiendo en la capital salteña nunca dejo de venir a su querido
Joaquín V. González, acompañado de su compañera de toda la vida, doña
Blanca Rubio.
De aquellos gonzaleños que ya pasamos la barrera de los 40, ¿quién no tiene un momento compartido o alguna anécdota con el querido
Titi?
Yo recuerdo cuando era muy chico y recién estaba empezando la escuela primaria, que mi madre me mandó a elegir unos zapatos a lo de
Tití. Por entonces tenía la tienda de calzados en avenida
San Martín justo a mitad de cuadra, entre
Güemes y
25 de mayo. Ese día tuve la mala fortuna de apoyarme en un exhibidor de vidrio que en principio parecía resistente hasta que sin darme cuenta realice un balanceo desprevenido, y el cristal se hizo astillas.
Tití se puso furioso, pero no conmigo sino con su empleado, porque yo en la desesperación, no tuve mejor idea que culparlo (aunque sin éxito) a quien me estaba mostrando el calzado. El caso es que llegué a mi casa desfigurado por el miedo de lo que iba a suceder cuando le cuente a mis viejos lo ocurrido. Al escucharme, mi madre me pegó una sermoneada, pero después que se le pasó un poco el enojo, me mandó a la cama. De tal modo que cuando viniera mi padre no reaccione por verme durmiendo. La simulación salió bien, y yo de reojo miraba como mi papá gesticulaba y echaba alguna que otro insulto al aire. Una verdadera salvada.
Para mi adolescencia Tití había dejado la venta de calzados y tenía un comedor en pleno centro de la ciudad, en donde hoy funciona "la casa de piedra" (casino). Por entonces, junto a sus hijos mayores Karina y Walter habíamos construido una hermosa amistad, que era compartida con un nutrido grupo integrado por compañeros de colegio, familiares o compinches del barrio. Especialmente del pasaje que da frente a la plaza central, y otros que vivían en las cuadras cercanas. Fueron innumerables las anécdotas que surgieron en la Confi, que para esos años, ya era nuestro segundo hogar.
Tití, estoy seguro que el inmenso amor que le tenías a tus hijos, te llevó un poco a adoptarnos como hijos a nosotros también. Por eso en este día de tu partida física, te digo gracias. Eternas gracias por tu sonrisa franca y por esa formidable generosidad que hace que hoy estemos infinitamente apenados con tu partida.
Sin embargo, y también por todo eso, dejas en nuestra memoria ese recuerdo cariñoso e imborrable con el que siempre te tendremos presente.
Descansa en paz amigo.
Fuente: ZONA SUR