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José Alberto Lorenzo, es a partir de este 2.010, un nuevo colaborador de Zona Sur que se suma con sus poesías y maravillosos cuentos. Espero que ustedes sepan disfrutar de estos relatos tan significativos y movilizadores, tal como pretende el autor. Desentrañar los mensajes que se ocultan en nuestro interior. Los dejo con el maestro, en este febrero que invita a la lectura y el descanso. La nueva edición de nuestra revista estará mañana en todos los puestos de venta.
La
Jacinta vino al mundo, por un encuentro fortuito y fugaz entre su madre boliviana y su padre que era de origen español. A poco tiempo de nacer su madre la abandonó en la puerta de la casa que tenían los
Navarro en una finca de su propiedad. Los
Navarro se hicieron cargo de ella, se encargaron luego de mandarla a la escuela primaria. Fue una alumna aplicada y aprovechó muy bien su oportunidad y posiblemente habría ingresado a la secundaria, de no mediar la cruel enfermedad que aquejó a doña
Manuelita, la dueña de casa que quedó con su gran capacidad de trabajo reducida a la mitad. Por esta razón,
Jacinta que en ese tiempo tenía 13 años pasó a ser su mano derecha en las variadas tareas de la finca.
Jacinta era una muchacha feliz, sin traumas. Su infancia iba transcurriendo a la par de los dos hijos de su familia de adopción,
Rosita y el
Beto (de 15 y 18 años respectivamente).
Claro que los
Navarro siempre le hicieron notar una supuesta diferencia con sus hijos, tal vez por conocer la forma en que fue abandonada, o quizás al notar en el color ligeramente moreno la mezcla de dos sangres tan disimiles. Por otra parte esta mezcla había sido feliz, ya que
Jacinta llevaba camino de convertirse con el tiempo, en una espléndida mujer.
Más adelante,
Rosita se fue a la ciudad capital de la provincia a seguir estudios universitarios y el
Beto que estaba a punto de recibirse de perito agrónomo tuvo que ir a cumplir con el servicio militar. Al quedarse sola, sin gente de su edad, trató de aprovechar el tiempo leyendo de noche, en su cuarto que estaba un poco retirado de la casa principal; libro de todas clases y temas, buscando suplir en algo su carencia de conocimientos de mayor nivel.
Logró grandes progresos ya que tenía muy buena memoria y gran capacidad de asimilación.
Una noche leyó un libro que versaba sobre la vida de los mojes tibetanos y quedó muy impresionada con lo que el autor decía refiriéndose al karma, el aura que rodearía nuestros cuerpos, y que mediante cierta técnica se puede llegar a observar. También hablaba de los viajes astrales, que se lograrían haciendo que nuestro espíritu abandonara su envoltura física, del cordón de plata que nos mantendría unidos al cielo como una especie de cordón umbilical.
Tanta impresión le causó todo lo leído que esa noche soñó que abandonaba su cuerpo y salía volando en la noche, recorriendo grandes distancias y volviendo luego a su cuerpo sin dificultad. Todo le pareció tan real que a la noche siguiente trató de concentrarse como indicaba el libro y pensó que se convertía en una hermosa águila blanca y lo logró o soñó que lo lograba.
Estas experiencias eran tan placenteras que siguió practicando con gran entusiasmo hasta lograr un técnica que le permitía salir rápidamente de su cuerpo y disfrutar conociendo lugares remotos bajo la luz de las estrellas.
Todo esto lo mantuvo siempre en el mayor secreto y su vida diaria transcurría sin ningún sobresalto, en ese ambiente tan natural que poseía la finca. Un día regresó el Beto convertido en todo un hombre y con su título de perito agrónomo, y la Jacinta al verlo tan fuerte y buen mozo sintió una rara sensación en su bajo vientre.
Beto trabajaba todo el día en el campo y la
Jacinta solo lo veía de noche en la cena. Era pleno verano y la
Jacinta, luego de darse un baño se acostó como siempre lo hacía, completamente desnuda y solo cubrió su hermoso y generoso cuerpo moreno con una delgada sábana que insinuaba sus ya rotundas formas de mujer.

La Jacinta era hasta ese momento un espíritu puro que tomaba las relaciones sexuales de los animales de la finca, como lo que eran. Algo completamente natural y posiblemente no relacionaba estas expresiones, al menos con total conciencia, con las que podría tener de su propio cuerpo.
Esa noche voló embriagada por el aire aromado por las flores de los grandes paraísos que rodeaban la finca, pasó por sobre el río como una gran garza mora. Recorrió los grandes bancos de nubes, plateadas por la luz de la luna en completo éxtasis hasta que de pronto sintió como si algo le indicara volver. Regresó con solo desearlo y desde el techo del cuarto pudo ver su cuerpo destapado y al Beto completamente desnudo de rodillas entre sus muslos.
Entró a su cuerpo al mismo tiempo que lo hacía el Beto. Sintió como su bajo vientre se adaptaba a esa fracción de carne erecta y candente, y al perder su virginidad, un relámpago de dolor y placer inundó su cuerpo con algo totalmente nuevo para ella.
Sin pronunciar palabra, el Beto la cubría totalmente con su atlética figura, besándole en la boca y en la base del cuello mientras que sus fuertes manos hacía erizar los morenos pezones de la hermosa joven, que haciendo honor a sus ancestros respondía enardecida a los estímulos del Beto, entre gemidos de placer que fueron creciendo a medida que se acercaban al frenesí final.
La Jacinta, con esa fina intuición que toda mujer posee, comprendió que el Beto no le había dejado opción, seguramente sin saberlo; la forma en que la había tomado, su ardiente virilidad, la había marcado a fuego en su intimidad. También sabía que con el Beto no conocería el amor; que ella sería en sus manos como esa roja arcilla de la orilla del río que de niña modelaba inocentemente
Supo también que ya no volvería a volar; que su espíritu había quedado para siempre atrapado en la lujuriosa trampa de su propia carne.