Siempre serás un ángel luminoso brillando en la eterna oscuridad

- SOCIEDAD

Siempre serás un ángel luminoso brillando en la eterna oscuridad
Siempre serás un ángel luminoso brillando en la eterna oscuridad

Tu sañudo destino, tu aciaga predestinación, jamás podrán vencer la ternura que dispensaste en nuestra comunidad; y mucho menos, a ese amor ilimitado y desbordante que sentías por tus hijos.

La noche del lunes 8 de marzo, Genoveva del Valle Castro de Peyrot, a quien todos llamábamos ‘Nena’, decidió desplegar sus portentosas alas, para volar bien alto hacia el anhelado reencuentro con sus hijos Jonathan y Hebert.

Desde sus primeros segundos de vida, la tragedia y el horror fueron parte inherente de su ser. Todo empezó a las 23.30 del lunes 16 de febrero de 1959, cuando un carguero del Ferrocarril Belgrano atropelló a Josefa Soraire (25), y a su pequeño hijo de un año y ocho meses, a quien llevaba en brazos. Pero además, ella estaba embarazada de 8 meses. Después del impacto solo se oyó el llanto de una beba: era ‘Nena’, quien milagrosamente sobrevivió tras el terrible suceso ocurrido en Joaquín V. González.

Tras el choque, la formación procedente de Resistencia (Chaco), se detuvo. Personal ferroviario recorrió inmediatamente el lugar y comprobó que tanto Josefa como el niño habían sufrido una muerte instantánea. A un costado de las vías yacían sus cuerpos destrozados. En ese preciso momento, los trabajadores fueron testigos de un verdadero milagro. La mujer, que estaba embarazada de ocho meses, había dado a luz a una niña que hacía oír su llanto desesperado. Familiares se hicieron cargo de ella. Hasta los 27 años vivió en Tucumán. En 1986, con la finalidad de tramitar la incorporación de los datos de su madre en el acta de nacimiento, regresó a Joaquín V. González donde decidió radicarse definitivamente.

Cuando yo cursaba el 5º año de estudios secundarios allá por 1988, conocí a ‘Nena’. Ella se desempeñaba como celadora en el Colegio Secundario de Joaquín V. González, cuando funcionaba en el viejo edificio ubicado a 100 metros de la construcción actual. Su juventud, su delicadeza, pero sobre todo su cálida personalidad, se hacían notar y propiciaban una gran afinidad y complicidad con todos los alumnos.

Coincidentemente con el inicio de mis estudios universitarios en la ciudad de Córdoba, ‘Nena’ contraía matrimonio con César Peyrot, quien también era su colega en el mismo establecimiento educativo.

Con César y ‘Nena’ fuimos vecinos, casa de por medio con la familia Astorga. Esa proximidad me permitió conocer a cada uno de sus hijos desde pequeños, aunque yo solo los veía en vacaciones.

Rápidamente llegaron a poblar su vida, sus más venerados tesoros: Jonathan Daniel, César Denís, Hebert y Antonella.

Ese presente tan jubiloso dictaminaba que la felicidad sería perpetua. Y es que en ese momento, en el aciago muro de aquel tormento inicial, crecían paulatinamente alegres flores entre los intersticios que dejaban los adobes.

Sin embargo, al cabo de algunos años cruentamente la muerte volvió a golpear su corazón. Esta vez  con terrible ferocidad, llevándose la vida de su primogénito: Jonathan.

En 2006, cuando ya habían pasado más de dos años de su muerte, quisimos recordarlo en nuestras páginas de ZONA SUR SALTA, con su magnífica responsabilidad hacia las cosas que quería y valoraba a pesar de su corta edad.

Todo lo que pretendíamos escribir sobre Jonathan en ese momento, quedó de lado cuando leímos la carta de su mamá. Sin más rodeos, decidimos entonces publicar textualmente las expresiones vertidas por ‘Nena’ en la recordación de su hijo. En las palabras de su mamá quedará rubricado el homenaje más profundo y sincero.

Jonathan Daniel Peyrot Castro, nació el 20 de diciembre de 1.990. Alegre, risueño, inteligente, amigo de los niños, mayores, ancianos responsable, educado, cortés, apasionado del fútbol, hincha fanático del club River Plate. Comenzó su vida escolar en el Jardín “Rayito de Sol”, a los 3 años. Luego continuó su escolaridad en la querida Pedro B. Palacios. Participaba en cada cosa que se proponía sin tener vergüenza de nada. Hasta que un 4 de agosto de 2.003 le descubrieron un tumor en su cuarta costilla derecha que cuando quisimos extirparlo, ya había tomado muchos órganos y había metástasis en muchos huesos de su pequeño cuerpo. Sólo 4 meses duró esa cruel enfermedad que terminó con sus escasos 12 años frustrando todo un proyecto de vida, nuestros corazones, nuestras vidas. Pero Jesús dijo: “Dejad que los niños vengan a mí”. Y Dios así dispuso. Llevar un ángel bello al cielo para que brille en esa estrella que nace cada tarde cuando comienza a llegar la noche, para decirnos que allí está acompañándonos.

Te amé y te amo por eso tú partida me hace sentir tú ausencia, y te recuerdo con dolor y pena.

Te extraño y me parece imposible poder vivir sin tu presencia.

Porque te amé llegué a necesitarte y ahora quiero aprender a amarte sin necesitar tenerte a mi lado.

Quiero que mi amor no muera sino que madure y crezca.

Mientras te digo todo esto, me parece imposible que te hayas ido y busco inútilmente explicaciones.

Mejor, acepto la realidad, y te despido.

Siempre vivirás con nosotros. Tus papis, hermanitos y tíos.

Pasaron los años y el martirio en su alma se hacía sentir. Sin embargo, se aferró a Dios con todas sus fuerzas.

En la cegada oscuridad de su desolación, ella volvía a combatir sin tregua, contra esas sombras que se multiplicaban.

En la noche del domingo 6 de diciembre de 2020 Hebert, el tercero de sus hijos falleció a los 26 años tras perder el control de la motocicleta que conducía, en un camino vecinal que conduce a Joaquín V. González.

Otro martillazo más en el alma sin alivio. Intentó conectarse con cada uno de nosotros, sin que fuéramos lo suficientemente capaces de ayudarla. Aun sabiendo que en la profundidad de su mirada, yacía incólume su gran desolación. Ese relato escuchado infinidades de veces sobre su nacimiento, se presentaba nefasto en todas partes. La muerte de un hijo que es lo que uno más ama en la vida, indubitablemente causa un dolor tan profundo que no desaparece. Esta vez ese sentimiento fue más contundente.

Antonella, su hija menor escribió: “AGRADEZCAN, ABRACEN, PERDONEN, DISFRÚTENSE. Solo quiero decirles gracias. Y pedirles desde lo más profundo de mi corazón adolorido, NO NOS SUELTEN LA MANO NUNCA.

Porque no tenemos fuerzas, no hay de donde más tirar, nos sentimos solos aunque sabemos que todos ustedes están.

Solo les pido que puedan entender, que el hecho de sentirnos solos es por haber perdido a la mitad de nuestra familia. Un golpe seguido de otro.

Mamá, te entiendo, te perdono y voy a extrañarte hasta el final de mis días. No pudiste soportar el dolor de perder a mis hermanos”.

De mi parte, solo puedo decirles tanto a César Daniel como a Cesar Denís y Antonella, que tengan por seguro que esta comunidad los adora y los resguarda en este duro trance. Y jamás olviden que ‘Nena’, siempre será un ángel luminoso brillando en la eterna oscuridad.

Escrito por Omar Dantur

Este artículo está optimizado para dispositivos móviles.
Leer Versión Completa