Serrat en el año 1983 lanzó una hermosa canción titulada ‘De vez en cuando la vida’. Un par de años después las vueltas del destino, me dieron la oportunidad de verlo en su visita a Salta, presentando ‘Cada loco con su tema’, disco que incluía esta canción.
Para no hacer el cuento largo, en una de sus estrofas y refiriéndose a la simpleza de la vida misma, el cantautor decía: “Se hace de nuestra medida, toma nuestro paso, y saca un conejo de la vieja chistera, y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela”. Este último renglón me transportó mágicamente, al momento de mi primera infancia cuando salíamos corriendo como manada, hacia la puerta principal de la querida escuela Pedro B. Palacios ¡Por Dios! ¡Que felices y despreocupados éramos entonces!
Quise relatarles este simple instante de puro júbilo y satisfacción, porque de alguna manera ese recuerdo deleitable y lleno de bondad, se asemeja al ser humano al cual me referiré en esta semblanza, y que mucho de ustedes ya conocen: Don José Vicente Romero.
‘Romerito’ (sobrenombre adquirido en Joaquín V. González) nació un 11 de Marzo de 1963 en San José de Metán, la ‘ciudad de la miel’. Definitivamente este individuo es un tipo fácil de querer, y con el cual se hace sencillo cimentar empatía. Esto de la empatía alude a la intención de comprender los sentimientos y emociones, intentando experimentar de forma objetiva y racional lo que siente otro individuo.
¿Cuáles fueron los momentos que caracterizaron tu infancia?
Bueno, tal como te lo comenté, yo nací en el año 1.963. Mis viejos eran hijos de españoles, inmigrantes de la Guerra Civil. Cuando llegaron a la Argentina se asentaron en Tucumán, y posteriormente en El Quebrachal.
¿Qué hacían tus padres para llevar un plato de comida a la mesa?
Mi viejo fue agricultor hasta el año 1.961. Él era clase 23. Después vendió su partecita en El Quebrachal, donde nacieron mis 4 hermanos, y en el año 61 compró en Metán un almacén de Ramos Generales con una casa. Fue en ese lugar donde yo nací.
¿Cómo calificarías tu niñez?
De 10. Tuve una infancia muy buena, feliz. Fui muy libre porque mis viejos me tuvieron siendo viejos. Pero tuve una infancia linda, con muchos amigos, y mucha libertad. Y en ese tiempo era linda la libertad. No había internet, ni televisión, ni computadoras. Solo eran juegos entre chicos.
¿Dónde hiciste tus estudios primarios?
Fui a la escuela Juana Manuela Gorriti, que está enfrente de la plaza donde vivía yo. Ahí hice la primaria. Unos años después entre a los 9 años entré al Club San José, donde jugué en los Cebollitas mucho tiempo. Lo hice en la 6ª en la 5ª, hasta que en el 82 empecé a jugar en primera hasta el 85 que es cuando me voy a Tucumán a continuar mis estudios superiores.
¿Cómo fue tú época de alumno en la secundaria?
Te había dicho que tuve una infancia muy linda, pero en la juventud no lo fue tanto. En el 76 cuando ingresé al secundario, entraron los militares y ahí en Metán fue muy duro porque era una de las bases que tenía el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Así es que todo estaba muy controlado, muy estricto. Pasé el secundario sin fiesta de estudiantes, y sin hacer bailes en las casas de los compañeros. Fue bien sacrificada la época de estudiante secundario.
¿Cómo surge tu inserción en la política?
En el 83 comencé a militar en la política, siempre dentro del Justicialismo. Allá en Metán con el Dr. Roque Madrazo. Después en Tucumán en la escuela de servicio social. En el año 1986 me fui a estudiar a Tucumán, donde me recibí en 1991 de Asistente Social. Estuve un par de años y me vine a Joaquín V. González. Me quedé a trabajar en la Municipalidad cuando era intendente Irma Caro. Ella supo valorar todo lo que yo podía hacer, desempeñarme dentro de la institución como dentro del Justicialismo donde ella los tenía contenidos a todos sus dirigentes.
Volviendo a sus afectos ¿Qué lugar ocupan sus hijos en tu vida?
Por supuesto los hijos son sagrados. Tengo 5 hijos: José Benjamín (26), Francisco León (24), Abel Tomás (22), Jeremías Mateo (19), y Santiago Estefan (4). Pasé hermosos momentos con mis primeros 4 hijos, más cuando eran chicos. Pero por esas cuestiones de la vida me tuve que separar, y no voy a ser el primero ni el último. Pero pasé la mayoría de los momentos lindos con los chicos. Todavía los sigo pasando. Después vino mi otro hijo, que me agarró ya medio grande tirando a abuelo. Es un chico que se desvive por mí, me hace muy feliz. Sus otros hermanos ya lo conocen, ya lo fueron a visitar.
Además de Asistente Social ¿Trabajaste en algún otra labor remunerada?
Si, fui 10 años profesor en la carrera de Enfermería. También 5 años en la carrera de Gerontología Social en el terciario. Pero en verdad, no me gustaba mucho la docencia. En 1994 trabajé en el Anses de Metán hasta 1996. Ese mismo año empecé a trabajar en los Municipios de Rosario de la Frontera, Joaquín V. González, El Potrero, Río Piedras y El Galpón. En el año 1998 decidí quedarme definitivamente en Joaquín V. González, lugar donde resido hasta la fecha. En el año 2009 me separė de mi matrimonio y en el 2017 nace mi quinto hijo, Santiago.
También quisiera agregar cante folclore. En Metån forme el conjunto Tiempo Norteño, y en Joaquín V. González, Anta Sumaj y ‘Los Anteños’, formación que fuera apadrinada por Don Abel Mónico Saravia y que Zona Sur con un Suplemento Especial, realizó la primera cobertura periodística allá por el año 2005.
¿Cuál fue el momento más doloroso de tu vida?
Todos supondrán con razón que la parte más triste de mi vida ha sido la perdida de mis viejos, y en cierta medida lo fue. Pero esa situación de alguna manera ya era previsible, porque ambos estaban pasando los 85 años cuando fallecieron. Era esperable, es la ley de la vida. Pero el dolor más intenso que hasta aún hoy perdura en mi alma, fue la muerte de mi sobrino Álvaro, quien falleció a los 19 años. Obvio que también lo fue para mis padres Francisco Romero, y Ana Garamendi, como para mis hermanos: Francisco Adolfo (73), Humberto Antonio (70), Héctor Manuel (66), y María Concepción (63).
LA MUERTE DE ÁLVARO FUE COMO UNA AMPUTACIÓN INTRÍNSECA PARA JOSÉ
De lo hablado con ‘Romerito’, uno puede comprender que Álvaro se convirtió dentro de su familia, como el ser más amado. Un ángel convertido en persona. Un espíritu celeste que vino para convertirse en un chango bueno, honesto, transparente, limpio y puro. Con una gran dulzura y ternura, y con mucho amor para dar.
¿Qué fue lo que pasó con Álvaro?
Algo para mí que hasta hoy me cuesta entender y admitir. Desde sus primeros síntomas hasta su muerte pasaron solo 4 meses. Era un chico muy bueno en todo sentido. Era como mi hermano, porque hasta los 15 años estuvo viviendo en mi casa. Ahí vivieron sus padres hasta que tuvieron un hogar propio. Así que para mí era como mi hermano menor. También era el mimado de los abuelos. Era un chico sano en todos los sentidos. Nunca tuvo ningún problema hasta que le agarró ese cáncer de cerebro y lo liquidó en poco tiempo. A ese chico lo lloré en vida y después ya fallecido, lo lloré muchas veces más. Hasta ahora, esa fue la parte más triste de mi vida. Después las otras son tristezas que uno con esfuerzo, voluntad y cambio de marcha, puede lograr superarlas. Pero esa no. Esa nos quebró a todos mis hermanos, y a mis viejos. Justamente mi viejo fallece a causa de una diabetes emocional por la muerte de su nieto. Jamás en la vida había tenido diabetes, pero con ese shock se lo llevó a la tumba al pobre viejo.
Querido José, Mahatma Gandhi tenía una frase muy sugestiva sobre este punto, cuando decía: “Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel”. Y yo adhiero fervientemente a esa percepción.
Finalmente, y para ir cerrando esta fascinante historia, podría aseverar que José Vicente Romero, sin analizarlo de manera consciente, supo honrar la vida. Y esto lo hizo siendo naturalmente un buscador frenético del bienestar de los demás, y naturalmente también, de sus seres amados.
Pasó por incontables situaciones y algunas muy tristes, pero ninguna capaz de apagar su enjundia. José entendió tal como refiere en sus versos la gran Eladia Blázquez que “permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir, ni honrar la vida. Hay tantas maneras de no ser, tanta conciencia sin saber adormecida. Merecer la vida no es callar ni consentir tantas injusticias repetidas. Es una virtud, es dignidad, y es la actitud de identidad más definida. Eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida. No, permanecer y transcurrir, no siempre quiere sugerir honrar la vida. Hay tanta pequeña vanidad, en nuestra tonta humanidad enceguecida. Merecer la vida es erguirse vertical más allá del mar de las caídas. Es igual que darle a la verdad, y a nuestra propia libertad, la bienvenida. Eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir… Honrar la vida
¡Y vaya que la honras mi querido José!
Escrito por Omar Adib Dantur