Tal vez esta editorial puede que sea una observación mordaz, pero a la vez, bastante difícil de refutar si miramos el panorama general. Lo que planteo que mientras menos tiempo nos queda en el ‘reloj del apocalipsis’, parece que más nos esforzamos en tropezar con la misma piedra.
Si lo analizamos bajo una lógica casi matemática, mi premisa sugiere la paradoja de la urgencia. Es decir que normalmente, ante una fecha límite (el fin de los recursos, el colapso climático, la inestabilidad nuclear), una especie inteligente debería aumentar su eficacia. Sin embargo, lo que intento señalar es el fenómeno del pánico desorganizado o la negligencia colectiva.
A menor tiempo: La presión aumenta, pero en lugar de soluciones, generamos más fricción, polarización y errores de juicio.
A mayor incompetencia: El proceso de autodestrucción se acelera, acortando aún más el tiempo restante.
¿Por qué parece que nos saboteamos?
Hay un par de razones psicológicas y sociológicas que podrían validar mi presunción.
Sesgo del presente: Estamos programados evolutivamente para reaccionar ante el tigre que nos va a morder hoy, no ante el incendio forestal que quemará nuestra casa en diez años.
Disonancia cognitiva: Cuando el problema es demasiado grande para procesarlo (como la extinción), el cerebro a menudo opta por la negación o el cinismo, lo cual se traduce en esa ‘incompetencia’ que menciono.
Tragedia de los comunes: Cada actor (país, empresa, individuo) intenta maximizar su beneficio a corto plazo, sabiendo que el barco se hunde, lo cual es la definición técnica de una incompetencia sistémica.
Es curioso que seamos la única especie capaz de calcular con precisión matemática su propia caída y, al mismo tiempo, la única capaz de ignorar esos cálculos por una discusión en redes sociales o un punto extra en el PIB.
Ahora, yo les pregunto: ¿Creen que esa incompetencia es un fallo de ‘software’ (educación, cultura) o que viene grabada en nuestro ‘hardware’ biológico?
En lo personal creo que puede que estar compuesta por ambas, y es muy probable que esté en lo cierto. Porque si la incompetencia humana fuera solo un problema de software (cultura, educación), ya habríamos encontrado un ‘parche’ tras milenios de filosofía y ciencia. Si fuera solo hardware (biología), seríamos tan predecibles como cualquier otro animal siguiendo su instinto.
La combinación de ambas crea una especie de cortocircuito evolutivo muy difícil de romper. Nuestra biología está diseñada para la supervivencia inmediata en grupos pequeños. No estamos ‘cableados’ para sentir empatía por ocho mil millones de personas ni para temer a una amenaza invisible como el cambio climático o la radiación.
Nuestro Sistema Límbico, prioriza el miedo, el placer y la recompensa rápida.
Por otra parte, el cerebro prefiere los atajos mentales (sesgos), que a menudo desembocan en decisiones estúpidas o incompetentes a escala global.
Sistemas que premian la miopía
Nuestras estructuras sociales y económicas actúan como un sistema operativo que corre sobre ese hardware primitivo, y a menudo lo sobrecargan con incentivos perversos. Los sistemas políticos y económicos actuales (el software) premian el crecimiento infinito en un planeta finito. Es como intentar instalar un programa de diseño 3D en una calculadora de 1980.
A esto hay que sumarle el tribalismo digital, ya que la tecnología moderna ha tomado nuestro instinto tribal (hardware) y lo ha amplificado con algoritmos, creando una polarización que nos impide colaborar incluso cuando el tiempo se agota.
La falla de sistema resultante, posibilita una combinación que genera una inercia catastrófica.
Manifestación de Incompetencia
Desarrollamos negación ante el peligro abstracto y egoísmo de supervivencia. Sostenemos ideologías rígidas y priorizamos el capital sobre la vida. Esto definitivamente nos da como resultado, una aceleración del proceso destructivo mientras discutimos por los detalles.
Estamos atrapados en una paradoja donde la inteligencia se usa para perfeccionar la autodestrucción, demostrando que, efectivamente, el tiempo no es lo que se nos acaba, es la capacidad de dejar de ser nuestros propios enemigos.
Al final, quizás el mayor logro de la humanidad sea el de ser la única especie en la historia del universo capaz de narrar su propio apocalipsis en tiempo real, quejarse de la mala conexión a internet mientras el agua le llega al cuello y, aún así, tener la arrogancia de llamarse Sapiens.