"Un país importante, un país débil": cómo la tradición de no tomar partido define el lugar de México en el mundo

2026-05-08 14:00:46 - MUNDO


El lugar de México en el mundo es difícil de definir. Puede estar en Norteamérica o en América Latina según el criterio —cultural, político o geográfico— que se use.

Económicamente es un país rico con mucha pobreza. Militarmente es un país grande pero sin demasiado poder de fuego. Políticamente es un actor relevante que, sin embargo, suele abstenerse, al menos en apariencia, de jugar un rol protagónico.

Hay quien podría decir —tal vez lo diría el difunto escritor Octavio Paz— que esto es un rasgo idiosincrático de una gente "insondable", como calificó a los mexicanos en su "Laberinto de la soledad".

"El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma", escribió en el famoso ensayo de 1950.

Pero cuando se trata de definir el lugar de México en el mundo hay mucho más que un rasgo "fantasmal".

En realidad, hay una política de Estado con casi un siglo de historia que casi todos los gobiernos, con algunos matices, han preservado.

En la ONU, por ejemplo, México, según estudios en la materia, suele apoyar las resoluciones cuando el tema es de baja controversia —la mayoría— y se abstiene cuando el asunto es polémico. Evade, salvo contadas excepciones, jugarse demasiado.

Este año, mientras Donald Trump revivía los traumas del intervencionismo, la Cancillería publicó un extenso libro que recoge buena parte de esa tradición diplomática.

La presidenta, Claudia Sheinbaum, lo señala con frecuencia.

"La política exterior de nuestro país está en contra de las intervenciones y a favor de la solución pacífica de cualquier conflicto", dijo sobre la guerra de Irán.

Y sobre la captura de Nicolás Maduro en Venezuela señaló: "La intervención militar nunca ha traído democracia, bienestar ni estabilidad; solo los pueblos pueden decidir sobre su destino".

¿Qué hay detrás de esta tradición mexicana? ¿Es una cuestión de principios, una respuesta al trauma histórico o un as bajo la manga?

México salió traumatizado del siglo XIX.

Tras la independencia, España trató —sin éxito, pero con costos— reconquistar el país. Luego, en 1838, los franceses invadieron Veracruz y obligaron al país a pagar una costosa indemnización. Después, la guerra con Estados Unidos entre 1846 y 1848 despojó a los mexicanos de la mitad de su territorio. Y por último una segunda intervención francesa impuso, entre 1863 y 1867, un gobierno autoritario al mando de Maximiliano de Habsburgo.

Todo esto, en parte, porque se trataba de un territorio estratégico al lado de la potencia emergente.

Entonces la prioridad de los gobernantes mexicanos durante todo el siglo XX —la obsesión casi— fue la estabilidad. Razón por la cual, entre otras cosas, crearon un ejército relevante, de enorme poder simbólico, sin gran poderío militar.

"México es un país importante en términos internacionales y es un país estructuralmente débil por su casi nulidad militar", dice Humberto Beck, historiador del Colegio de México.

"Sabiendo que nunca iban a poder entrar en las grandes ligas de la política internacional por su debilidad militar, el régimen (surgido de la Revolución Mexicana, entre 1910-1917) desarrolló una política exterior que buscaba convertir a México en protagonista de la diplomacia, por un lado, y por el otro ganar prestigio internacional", añade.

En 1918 nació la Doctrina Carranza, dictada por el presidente Venustiano Carranza, cuando surgía —siempre, de alguna manera, la hay— la amenaza de una nueva intervención estadounidense. En ella se estableció el principio de no intervención y de igualdad ante la ley de todos los países.

Después, en 1930, aparece la Doctrina Estrada, creada por el canciller Genaro Estrada, según la cual México no juzga ni reconoce gobiernos extranjeros y reduce su acción a la manutención de relaciones diplomáticas.

Bajo esos principios se fue moldeando el rol de México en los asuntos internacionales.

Durante la guerra civil española, entre 1936 y 1939, el gobierno de Lázaro Cárdenas dio asilo político a 40.000 exiliados, muchos de los cuales son hoy referentes de la cultura mexicana.

Después, durante el apogeo de la Guerra Fría en los años 60 y 70, México fue un actor central en las iniciativas de desnuclearización: en su capital se firmó un crucial acuerdo, el Tratado de Tlatelolco, que comprometió a todos los países latinoamericanos a abstenerse de desarrollar armas nucleares y le valió al canciller, Alfonso García Robles, un Premio Nobel de la Paz.

En los conflictos de Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Chile y Colombia, México jugó un rol central de mediación entre partes para la firma de acuerdos de paz y transición hacia la democracia.

Más que abstenerse de actuar en la escena internacional, México intenta mostrarse neutral. Incluso cuando no lo es.

Fue el único país latinoamericano que no rompió relaciones con Cuba tras la revolución en 1959, por ejemplo.

Desde entonces, México usó esa relación como un factor de equilibrio en su interacción con Estados Unidos: como ocurrió hace unas semanas, con la interrupción del envío de petróleo a la isla, México siempre aumentó o redujo su apoyo a Cuba "en busca de un reducto de soberanía y para amortiguar la relación con Washington", dice Beck.

La política mediadora —que se jacta de no tomar partido al tiempo que apoya a un régimen acusado de dictatorial— es tanto una cuestión de principios como una herramienta para contrarrestar la presión intermitente de Washington.

No es en la práctica, aunque sí en la retórica, una política abstencioncita. Es más bien una postura funcional al lugar de México en el mundo.

Para Rafael Rojas, un historiador cubano que hizo una laureada carrera académica en México hace tres décadas, el origen del rasgo mediador de México tiene que ver con su condición geográfica, el trauma de las intervenciones decimonónicas y la necesidad de entenderse con la mayor potencia del mundo.

Según él, en los últimos ocho años, con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (Amlo) y Claudia Sheinbaum, la tradición de no intervención no se ha traicionado, aunque sí radicalizado.

"Lo que ha sucedido en los dos últimos gobiernos es que el juego de equilibrios o contrapesos se extrema, porque la 4T (la Cuarta Transformación, el proyecto político de Amlo y Sheinbaum) ha debido interrelacionarse al tiempo con Trump en Estados Unidos y con Maduro en Venezuela, por solo poner dos ejemplos a cada lado de esa gran frontera que es México", asegura.

México, en efecto, sigue siendo la frontera entre Estados Unidos y América Latina. Por eso sigue siendo un actor clave que, sin embargo, no puede tensar demasiado la cuerda, porque, al estar más cerca, es el que más arriesga.

Y no todos los mexicanos están de acuerdo con Rojas: para muchos, la 4T ha convertido la política de no intervención en una herramienta.

En Bolivia, en 2019, cuando la presión social, policial y militar tras el contestado recuento electoral forzaron a Evo Morales a renunciar y salir del país, Amlo mandó un avión de la fuerza aérea mexicana para rescatar al exmandatario.

En 2022, en Perú, México —incluso invocando la Doctrina Estrada— ofreció asilo al presidente izquierdista Pedro Castillo tras su destitución y llamó "usurpadora" a su sucesora, Dina Boluarte. Las relaciones siguen rotas y Sheinbaum fue declarada persona non grata en Perú.

También está el caso de Ecuador, en 2023: México alojó al exvicepresidente izquierdista Jorge Glas, condenado por corrupción, en su embajada en Quito alegando persecución política. Hoy las relaciones con ese país también están rotas.

Andrés Rozental fue embajador de México en Reino Unido y Suecia, representante ante la ONU y subsecretario de Exteriores. Estuvo 35 años en el servicio diplomático antes de la llegada de la 4T al poder.

Para él, la doctrina de no intervención se vació de contenido y se convirtió en una pose utilitaria: "Hoy es más una herramienta retórica; una forma de mostrarse interesadamente neutral en ciertas cosas, pero al mismo tiempo ejercer soberanía para otras".

Y añade: "Es una política exterior esquizofrénica, por decirlo de alguna manera total: cuando conviene, se habla de estos principios universales; y cuando conviene lo contrario, pues se hace lo contrario".

Por principio o por interés, la doctrina de no intervención ha sido una herramienta que responde a la condición única de México en el mundo: la de tener que lidiar con la mayor potencia del mundo a diario, en todos los temas, con presidentes más y menos intervencionistas.

No es tanto que los mexicanos no tomen partido, como alegaba Octavio Paz. Es que, para tomar partido, es mucho lo que se juegan.

Fuente: trib.al