El cambio climático aumenta la vulnerabilidad de América Latina a grandes apagones

2026-06-01 02:02:43 - MUNDO


América Latina nunca había tenido el panorama tan claro para la integración de nuevas fuentes, la digitalización y la interconexión de sus sistemas eléctricos. Las redes inteligentes (smart grids), las subestaciones digitales –infraestructuras modernizadas con equipos inteligentes para monitorizar y controlar la red en tiempo real– y la integración de energías renovables están transformando la forma en que se genera, transporta y consume electricidad en la región.

Sin embargo, y al mismo tiempo, su territorio no había enfrentado simultáneamente tantos factores de riesgo climático y operativo. Y la posibilidad de un nuevo fenómeno de El Niño de gran intensidad vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿pueden las redes modernas evitar grandes apagones en escenarios climáticos extremos?

Los cortes masivos de energía sufridos el año pasado muestran que incluso sistemas altamente modernizados siguen siendo vulnerables. En febrero de 2025, Chile sufrió uno de los mayores apagones de su historia reciente, afectando más del 90 % de los usuarios del país y paralizando temporalmente sectores estratégicos como la minería. Mientras, Puerto Rico continúa enfrentando interrupciones recurrentes tras años de fragilidad acumulada en su infraestructura eléctrica.

Centroamérica también ha experimentado apagones regionales provocados por fallas en líneas de transmisión interconectadas. Incluso Europa, con algunas de las redes más robustas del mundo, ha enfrentado episodios de inestabilidad asociados a múltiples causas como olas de calor, alta penetración renovable y estrés operativo.

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La paradoja es que los sistemas eléctricos modernos son más inteligentes, pero también más complejos y sensibles a perturbaciones en cascada. La transición energética y las redes inteligentes no eliminan el riesgo de apagones; en algunos escenarios climáticos extremos podrían incluso aumentar la complejidad y vulnerabilidad del sistema. En una región donde países como Colombia dependen fuertemente de la hidroelectricidad y del gas natural, la combinación entre sequías severas, eventos climáticos extremos y sistemas cada vez más interconectados podría redefinir el concepto de seguridad energética en las próximas décadas.

A corto plazo, la combinación entre una menor disponibilidad de energía firme –la electricidad que el sistema puede garantizar de forma continua y segura incluso durante sequías o condiciones climáticas adversas–, el aumento de la demanda y la vulnerabilidad climática vuelven a traer sobre Colombia una sombra que parecía lejana desde el apagón de 1992. Y que tendrá en vilo a la nación en los próximos meses ante el riesgo de desabastecimiento, como ha reconocido el Ministerio de Minas y Energía.

América Latina posee una de las matrices eléctricas más renovables del mundo y lidera globalmente la integración de energías limpias en el sector eléctrico. La hidroelectricidad, que actualmente representa cerca del 40 % de la generación regional, ha sido históricamente la columna vertebral del sistema energético latinoamericano y continuará desempeñando un papel clave en la transición energética de la región.

En países andinos y amazónicos, grandes embalses han sostenido durante décadas el crecimiento energético regional y permitido reducir la dependencia de combustibles fósiles. Sin embargo, esta ventaja también ha creado una vulnerabilidad estructural: cuando las lluvias disminuyen y los embalses pierden capacidad aunque la demanda sigue creciendo, buena parte del sistema eléctrico entra en tensión.

Estudios recientes advierten que el cambio climático está alterando los patrones de precipitación y aumentando la frecuencia e intensidad de eventos extremos asociados a sequías prolongadas, registrando picos de temperatura de más de 44 °C en el 2025 en Brasil y Paraguay.

Colombia es uno de los ejemplos más representativos de esta dependencia, ubicado en el top 3 de países en la región. Cerca de dos tercios de su generación provienen de centrales hidroeléctricas, altamente sensibles a fenómenos climáticos como El Niño, de ahí la urgencia en la diversificación. El país ya experimentó una crisis energética en 1992 y volvió a enfrentar una situación crítica durante la sequía de 2015–2016, cuando la caída de los niveles de los embalses coincidió con problemas operativos en plantas térmicas de respaldo. Centrales que generan electricidad utilizando combustibles como gas, carbón o diésel y que se activan cuando las fuentes hidráulicas no son suficientes.

Resulta una ironía que sean estos combustibles fósiles los que muchas veces terminan evitando racionamientos y apagones durante las temporadas secas.

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La preocupación es que estas condiciones podrían intensificarse en las próximas décadas. El aumento de las temperaturas incrementa la evaporación en embalses y acelera el estrés hídrico en regiones ya vulnerables, como el Caribe colombiano, Chile central, Venezuela y el nordeste brasileño. Investigaciones climáticas recientes muestran que la combinación entre sequías más severas, cambios en los patrones de lluvia y eventos extremos más frecuentes podría reducir la confiabilidad de la generación hidroeléctrica en varios países sudamericanos.

Pero el problema ya no es únicamente de los embalses. Cuando disminuye la generación hidroeléctrica, los países deben recurrir con mayor intensidad a las plantas térmicas de respaldo, especialmente las que dependen de gas natural. En el caso colombiano, esto ocurre en un contexto de creciente presión sobre la disponibilidad de gas, pasando de productores a dependientes de importación de gas con altos costos internacionales y limitaciones en infraestructura de importación y regasificación.

El desafío de la transición energética no es solo generar energía limpia, sino garantizar energía firme y resiliente bajo condiciones climáticas extremas ante una demanda que no se detiene. Chile, Brasil, Argentina y México lideran la integración de fuentes solares y eólicas en su matriz. Sin embargo Colombia y Venezuela, altamente dependiente de las plantas hidroeléctricas, han tenido un ritmo notablemente menor en la aceleración e implementación de estos proyectos.

Durante años, la modernización de los sistemas eléctricos se ha asociado con una mayor capacidad de respuesta y confiabilidad. Además, la integración de energías renovables, almacenamiento y generación distribuida está cambiando la arquitectura tradicional de los sistemas eléctricos en todo el mundo.

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Esta transformación también está aumentando la complejidad operativa. Las redes modernas deben coordinar múltiples fuentes intermitentes, responder rápidamente a cambios en la demanda y mantener estabilidad en escenarios cada vez más dinámicos. Incluso pequeñas perturbaciones pueden propagarse rápidamente a través de sistemas altamente interconectados y desencadenar fallas en cascada.

Esto ya ha ocurrido en varios países. El apagón regional de Argentina, Uruguay y Paraguay en 2019 mostró cómo una combinación de fallas operativas y problemas de coordinación puede desconectar millones de usuarios en cuestión de segundos. Algo similar ocurrió en Centroamérica, donde fallas en líneas de transmisión interconectadas provocaron apagones simultáneos en varios países.

En sistemas altamente digitalizados, con integración de sistemas HVDC producto de la conexión de grandes fuentes renovables, la velocidad de operación, protección y automatización se debe estudiar en detalle con suficientes escenarios. Esto es así porque los efectos también pueden amplificar ciertos eventos antes de que los operadores humanos logren reaccionar completamente, particularmente en grandes líneas de transmisión así se cuente con la tecnología más reciente para su teleprotección o esquemas avanzados con ondas viajeras.

Las redes eléctricas modernas son más inteligentes, pero también más sensibles a condiciones extremas y eventos simultáneos. La creciente penetración de generación renovable, además del aumento de la electrificación y la dependencia de sistemas digitales, hacen que la resiliencia ya no dependa únicamente de generar suficiente energía. Ahora también está sujeta a la capacidad del sistema para anticipar perturbaciones, adaptarse rápidamente y evitar que pequeñas fallas se conviertan en apagones masivos.

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Nada de lo anterior significa que la transición energética deba frenarse, todo lo contrario, bajo un marco claro de regulación debería motivar su rápida adopción. América Latina necesita acelerar la incorporación de energías renovables para diversificar su matriz energética y disminuir la dependencia de combustibles fósiles importados. Además, tecnologías como el almacenamiento energético, la digitalización y las redes inteligentes pueden mejorar significativamente la eficiencia y flexibilidad del sistema eléctrico.

Sin embargo, la discusión energética ya no puede centrarse únicamente en cuántos megavatios nuevos se instalan. El verdadero desafío es construir sistemas capaces de operar de forma segura bajo escenarios climáticos extremos, incertidumbre hidrológica y condiciones operativas cada vez más complejas. Esto implica fortalecer la transmisión, diversificar fuentes de respaldo, expandir la infraestructura de gas y almacenamiento, e incorporar herramientas avanzadas de monitoreo y análisis predictivo.

Los sistemas eléctricos del futuro deberán ser capaces no solo de producir energía limpia, sino también de recuperarse rápidamente ante eventos extremos y mantener estabilidad en medio de condiciones cambiantes. La pregunta ya no es si ocurrirán nuevos apagones, sino qué tan preparados estarán los sistemas eléctricos para anticiparlos, contenerlos y recuperarse rápidamente cuando ocurran.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation, un sitio de noticias sin fines de lucro dedicado a compartir ideas de expertos académicos.

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David Felipe Celeita Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.