Dejar la niñez

2016-04-08 07:36:06 - FIESTAS PATRONALES

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brujas
 
Urbano tiene catorce años, pero le cuesta dejar su niñez. Vive en las afueras del pueblo, en un pequeño caserío al que le llaman El Bajo porque sus tierras son propensas a inundarse cuando ocasionalmente desborda El Juramento. Salvo unos pocos sembradíos, todo está cubierto por monte que Urbano se lo conoce, palmo a palmo, puesto que su predilección es salir a hondear cuando la quietud de la siesta acrecienta la confianza de los pájaros.

Los fines de semana no sube al pueblo con los demás chicos sino que se interna en la espesura en busca de sensaciones que para él no tienen igual.
A pesar de las prevenciones de su madre, aprovechando que no le toca ir al colegio por ser viernes santo, se entrega a la aventura de senderear caminitos de cabras o incursionar entre la hojarasca. Sigiloso, encorvado, con su honda dispuesta, observa  con ojos de experto la copa de los árboles; balbucea deducciones que sólo él entiende. Así pasan los minutos en un zigzagueo constante, una piedra sale veloz y se pierde sin destino, otra hace volar unas plumas pero no se impacienta, tiene la perseverancia de un buen cazador. Un murmullo lo hace detener para escuchar mejor, agudiza el oído y pronto se da cuenta que no es arrullo de palomas sino voces  ásperas y sibilantes que salen de una hondonada, se tira de bruces y comienza a arrastrarse para asomarse al borde. Allí una escena escalofriante lo deja paralizado, una vieja desgreñada de ojos llameantes y manos como ramas retorcidas discute desaforada con un hombrecito pequeño de ojos vivaces, que parece estar riendo todo el tiempo. El sombrero de alas anchas y copa puntuda, le da a Urbano la certeza de que es el duende y la vieja de manos como ramas retorcidas, la bruja.
Agazapado entre los arbustos pone orejas a la discusión:
-¡Enano maldito! ¿Cómo te atreves a ignorarme?
-¡Bruja testaruda!, no es cosa mía, sino del Gran Señor de los Demonios, que está enfurecido contigo.
-Y yo, ¿qué le hice?
- Dice que te volviste ociosa y materialista, una vulgar ladrona de cabras… que ya no robas chicos, ni asustas a los humanos. No eres digna de participar del aquelarre de este viernes especial.
-¡Ya verás que sí! atraparé al primer muchacho que se cruce en mi camino antes de la seis de la tarde, ¡ya lo verás!- y diciendo esto, la bruja dirige sus ojos rojos hacia donde se oculta Urbano.
El muchacho siente que se le hiela la sangre. Arrastrándose retrocede y, cuando imagina que no lo ven, se levanta lo más rápido que puede y emprende veloz carrera. Las ramas le desgarran  su camisa, le lastiman el rostro, el corazón amenaza con salirse de su pecho y la respiración parece que va a cortarse. Una punzada de dolor se le clava en la ingle, cree que está a punto de morir, sin embargo, no se detiene, el terror es más fuerte. Tiene la sensación de no haberse alejado tanto de casa, ¿por qué tarda en llegar? En su desenfrenada corrida, vuelve su cabeza y cree ver a la bruja pisándole los talones, redobla la velocidad haciendo uso de su instinto de conservación. Siente que pisa altos y bajos que le hacen perder una de sus alpargatas. No le importa. La cuestión es llegar. Ni se da cuenta el momento en que salta la tranquera irrumpiendo en la cocina donde su familia está reunida.
Su aspecto es tragicómico, raspones en la cara y en distintas partes del cuerpo, media camisa colgando, el faltante de una alpargata, no saben si asustarse o reír.
-¡Hijo! ¿Qué te pasó?
-¡Una bruja me quiso atrapar!-gritó y las palabras se agolparon en su boca atropelladamente.
-¡Ya te lo había dicho! En viernes santo los demonios andan sueltos, ¡ya lo había dicho!-sentenció la madre.
Los demás cruzaron miradas de complicidad. Urbano se sintió molesto e incomprendido y, agachando la cabeza se metió a su dormitorio. Cuando se miró al espejo no se reconoció.
Los días que siguieron fueron motivo de burlas de hermanos y peones:
-¿Cenicienta, ya fuiste a recoger tu zapatito?- lo gastaba su hermano.
-Patrón, prestemé la escopeta para ahuyentar esa bruja que anda merodeando el corral de las cabras- decía Nemesio, el peón de patio.
Conforme fueron pasando los días, se fueron olvidando del episodio para tranquilidad del muchacho. Él tardó bastante en olvidarse; es más, tenía una vaga sensación de haber perdido algo más que su alpargata, y una melancólica tristeza le envolvía el alma cada vez que se acordaba de esta aventura.
No volvió al monte. Pasado un tiempo comenzó, cada tarde, con sus amigos a subir al pueblo.
 
Escrito por ANTONIA CÓRDOBA para ZONA SUR. 


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