La misma gente a la que mata de hambre, de desahucios y con salarios de pena que ahora solo generan lamentos.
Al principio mirábamos este virus con recelo, sin darnos cuenta de que era una oportunidad para parar. En una sociedad en la que la productividad y el consumo priman se nos impone parar, pero parar de verdad.
En esta búsqueda incesante por llenar nuestros bolsillos, nos damos cuenta de que lo importante y lo que nos hace felices ya lo tenemos, y está más cerca de lo que pensamos.
Que mejor que en esta conmemoración religiosa, todos aprovechemos estos días para parar. Para estar con uno mismo y echar de menos todas esas cosas normales a las que antes no le dábamos importancia: un abrazo, una comida con toda la familia o una cena con amigos.
Sin embargo pienso en mi porfiada confianza, que esta situación nos servirá para aprender.
Por empezar, este virus ya nos ha enseñado la fragilidad de la vida y que no somos imprescindibles. Que todo lo que tenemos puede evadirse en cualquier momento, y que unirnos es lo único que puede hacernos salir de esta situación. Unirnos sin importar la raza, el sexo, la religión o las ideas políticas. Unirnos como personas. Cuidarnos como humanidad.
SIN GENTE NO HAY NADA
Peregrinando por esta funesta Pandemia de Covid19, el sistema que tanto nos oprime, ahora está desesperado por salvarse a sí mismo. Sin gente no hay nada.