Pero casi siempre me pasa que esa cotidianidad del transcurso del día, funciona como un antídoto que enmascara aquellas crudezas dormidas dentro de mi alma.
Por las noches, cuando inevitablemente se acallan las voces y los sonidos ajenos, mi alma lentamente se entristece.
Como en un manojo de circunstancias secuenciales, revivo momentos diarios en los cuales pierdo tiempo en nimiedades, robándoles a mis hijos ese espacio que les pertenece. También me pasa cuando hago un cálculo de las peleas absurdas que tengo con mi mujer, que es mi compañera de ruta hace largos años y merece lo mejor de mí, mientras que yo solo le doy migajas. Me pasa con mi madre, y con muchas personas a las que quiero infinitamente.
De pronto, en un flash comprendo todo, y esa rigurosa realidad me hiela la sangre y me llena de impotencia. Entonces, mi existencia se transforma en el desagradable hastío de una rutina interminable y a la vez aciaga, de la que no me puedo desunir. Despierta en mi interior y me atormenta, la certeza ineludible de mi caducidad. Es como si todo aquello que me duele de la vida y que trato de purgar en mi interior, aparece sacudiendo mi conciencia sin piedad.
Tanteo en la oscuridad sobre mi mesa de luz, hasta agarrar el control remoto para encender mi televisor otra vez. Vuelvo a colocarme los lentes que pocos minutos antes acababa de quitármelos, y busco en YouTube algo en piano para distraerme y dormir. Suavemente los tonos de ‘Claro de Luna’ Sonata para piano n䢶 de Beethoven, inunda la austeridad de mi cuarto, luego ‘El Mesías’ de Handel, ‘Eine kleine nachtmusik’ Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, y con ‘Für Elise’ Para Elisa de Beethoven, decido intentar otra manera de apagar la luz de mis ideas que no cesan de aparecer para fastidiarme el sueño.
Vagamente recuerdo una entonación que solía escuchar en mi juventud y que hoy cobraba una inusitada vigencia: “Mi cabeza está llena de estrofas siempre iguales, de música de masas, de noches que no valen, de frases repetidas ajadas como flores, palabras maltratadas que ya no dicen nada. De buenos y de malos, de gente que se aburre de estúpidos motivos que dan para no amarse.
Mi cabeza está llena de líderes y siervos, de toda esta parodia de listos y arrogantes de playas desoladas, de otoños vacilantes de noches silenciosas, de puertas que no se abren. De toda esa gente, cautivos del detalle. De no tener impulso, si vos no estás delante.
Del cielo y del infierno, de odios y de amores del llanto y la sonrisa de todos los traidores. De ojos que no pueden mirar con alegría y de los que les roban la luz, y les olvidan.
Mi cabeza está llena de mafia, y de secuestros, de gente que se asusta y no tienen arrestos de los hijos de puta que engañan al que juega, y de esta patria extraña que corre y nunca llega. De nada y tantas cosas, del día y de la noche, y de este amor cansado que nunca en vos reposa.
De pascua y fin de año, de fechas y regalos de los que saben todo, y los que están callados. De montes y llanuras, de estrellas y universos, de estos mismos versos, y de mis propios miedos. De mis propios miedos”.
Palabras más, palabras menos, esta es la síntesis de mi propia experiencia, que antes no sabía cómo hacer para entenderla, y mucho menos como revelarla. Hasta que encontré una veta que me facilitó la faena. Fue cuando comprendí que para sentirme pleno, era menester ser una mejor persona, mucho mas buena de lo que ya era. Un ser humano que se alegra con los aciertos de la gente que quiere, siendo feliz con el éxito de sus amigos, e intentando compartir todo lo que aprendió. Y si es posible también, todo lo adquirido en el plano material.
De eso se trata para mí vivir en plenitud. Se trata de identificar los errores propios y cambiarlos temprano, para disfrutar con alegría de lo que queda del día, llenando siempre mi cabeza y mi corazón, solo de cosas buenas. Ese es el plan de superación personal que algún día espero alcanzar.
ESCRITO POR OMAR DANTUR