Nadie se anima a declarar la guerra pero todos transitan con un arma bajo el poncho. Fuera de González dirigentes peronistas no disimulan cierto malestar por supuestas ínfulas &ldquojuanilistas&rdquo. Puestos a confrontar nadie se siente menos que nadie y al sequito del paladín gonzaleño lo ven como un ejército de pitufos soñadores, con sueños gigantes pero con realidades enanas.
Hace pocos días en una comida &ldquocasual&rdquo de la que participaron en Salta Capital cuatro de los cinco intendentes anteños, quedó más que claro que ninguno le hace el aguante a &ldquoTitus I&rdquo, acosado en Anta por toda clase de estamentos sociales, que lo considera inepto para representar los intereses del pueblo. En el cónclave peronista, por ahora la decisión  final está &ldquocum clavis" (bajo llave), pero constantemente participan los mismos de siempre, los que peinan canas, y los que al parecer de &ldquoparticipación joven&rdquo no quieren oír ni hablar, más allá que lo promuevan en cínicos discursos.
Al fin de cuentas, este es el apasionante, y no siempre bien ponderado juego de la política. En este gran circo multiestelar conviven: hombres altruistas, aspirantes a políticos, guiñapos, pusilánimes, carcamanes ignorados, vencidos, alumnos porros, envidiosos, oportunistas y también porque no, gente sin escrúpulos en general, que desean aprovecharse de las circunstancias.
Ninguno va a aflojar así como así, porque hay mucho orgullo de por medio. Ninguno está dispuesto a "regalar" espacios y en esta puja por medir "quien es el más guapo de la cuadra", se abrirán grietas que ocasionarán bajas y daños colaterales.
En esta Hoguera de las Vanidades uno espera que prospere la coherencia y que piensen un poco más en las necesidades de la gente. Que se valore a quienes quieren participar en serio dentro de la democracia, y necesitan que ya no se los considere como meros convidados de piedra. Es probable que en la renovación esté la clave.