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El sentimiento de pesar de una comunidad toda que llora la partida de Rodrigo y Priscila Navarro. El dolor de sus padres y de una familia mutilada por la fatalidad. Vayan estas reflexiones para ellos, y para todos nuestros vecinos de Joaquín V. González, que están sufriendo por este accidente de tránsito que se llevó la vida de dos jóvenes amados.
La muerte nos hace sentir dolorosamente vulnerables. Nos advierte sobre nuestra finitud y no estamos preparados para ello. Consecuentemente la ignoramos, la olvidamos, vivimos cada día de nuestra vida en la total negación, como seres inmortales. Pero la muerte llega, a veces de esta forma brutal y repentinamente. Y un día llega a nuestro hogar como un huésped no invitado que deja vacía una habitación de la casa y un lugar en la mesa familiar. Hace tambalear con su sola presencia las estructuras más intimas del pensamiento y de la vida misma. Y está aquí para quedarse. Y no la conocemos; y sin embargo es en la muerte donde hallaremos la clave de nuestra propia existencia, el sentido de la vida misma.
Ante la partida de un hijo (a quien difícilmente estaremos preparados para despedir), el dolor es demasiado intenso y desconocido; pareciera que la vida no debiera continuar, el tiempo en su eterno fluir se hubiera detenido en un punto en el espacio, un punto de total incredulidad e irrealidad. Nadie sabe qué decirnos; todos escapan ante una realidad que no conocen, que siempre, que siempre han ignorado, que no saben manejar.
No puede ser, nos repetimos una y mil veces y sin embargo es; y debemos seguir viviendo, pero ¿Cómo? Nos preguntamos una y otra vez. Pero todo dolor trae consigo una enseñanza y puede llegar a ser una experiencia regeneradora. Porque es enfrentándolo, conociéndolo, moviéndonos a través de él, que lograremos llegar más allá de él, más allá de lo inmediato, más allá del materialismo limitante; rescatando de un rincón del corazón los olvidados valores espirituales del hombre, que son los únicos que pueden salvarnos de una vida sin sentido, de una muerte en vida.
Entonces la muerte de nuestros hijos no habrá sido estéril, porque es a través de su partida que el verdadero sentido de la vida se comprende: como un tiempo precioso y finito que debemos vivir al máximo, pero de otra manera, ya que el camino trazado hasta ahora no es suficiente para esta nueva realidad. Debemos recomenzar, es como renacer de las cenizas. Debemos captar el mensaje de infinito amor que nuestros hijos al partir nos dejaron y que los hijos que quedan nos recuerdan cada día: dar amor, sólo amor...
Son nuestros hijos los maestros del verdadero y desinteresado amor y este sentimiento no tiene reclamos ni expectativas, ni siquiera necesita de una presencia física. Y cuando hayamos encontrado la paz y la aceptación, habremos de trasmitirla a los demás a los que lo necesitan, a los que sufren, a los que aún viven en la oscuridad de la desesperanza y la rebeldía.
La muerte no marca el fin de todo, es sólo una necesaria etapa en la evolución espiritual del hombre, es una parte integral de la vida, la que nos marca el límite de nuestra existencia terrena y nos enseña a apreciarla en su verdadera dimensión para vivirla totalmente, recatando esa olvidada espiritualidad en nuestro diario vivir para saber prepararnos, para que, en el momento de realizar nosotros la transición, saber que no hemos dejado cosas por hacer y en el instante de dejar el capullo para volar libres de regreso a casa, sepamos que hemos comprendido el mensaje de nuestro hijos, porque hemos dado todo el amor de que fuimos capaces.