No todos los artistas que participaron del Agosto Cultural se ofuscaron con la organización. Esto escribió el artista Hernán Lucero sobre su experiencia en la Fiestas Patronales en Honor a Santo Domingo de Guzmán que se realizó en Joaquín V. González.
El viernes pasado, me tocó cantar en la fiesta de
Santo Domingo de Guzmán en
Joaquín V. González, una ciudad que queda a 240 kilómetros al sur de la ciudad de
Salta, cerca del límite con el
Chaco y
Santiago del Estero.
El viaje fue agotador pero grato. Mis hábitos nocturnos me llevaron sin dormir a tomar el avión a
Salta capital que sale a las siete menos diez de la mañana. Dos horas de vuelo hasta llegar al
Aeropuerto Internacional de Salta, tres horas en combi hasta la ciudad de la función. El chofer de la combi se llama
Domingo Amayta, un paisano salteño de
Secantlás, callado, educado y afectuoso.
La ciudad estuvo toda la semana movilizada por la celebración de su Santo Patrono. Fiesta en la calle, música, baile, juegos, desfile de gauchos de a caballo y guardamonte. Nunca había participado del 8 de agosto, el último y más importante día de la semana de festejos, un cantor de tango. Según la televisión local, había en la plaza presenciando el festival de grupos musicales, unas diez mil personas. Era una especie de festival de Cosquín.
El momento de salir a escena llegó a la una y media de la mañana. Los dos grupos que tocaron antes fueron
La princesita del chamamé -una adolescente que toca el acordeón muy bien, de estilo tarragocero, creo- y
Los hijos del viento con la participación de una comparsa de saya, ritmo festivo afro-boliviano percusivo, saltarín, narcotizante. Se imaginarán el entusiasmo de la gente; imaginen ahora salir a cantar tangos con guitarras y bandoneón después de semejante agite.
A un costado del escenario, mis compañeros y yo nos juramos
"jugarnos el resto", dejar todo, como un cuadro de fútbol ante la hinchada más exigente. Fue conmovedor ver cómo, entre la multitud, se abrían claros en los que parejas de gente muy joven bailaba el tango que yo cantaba. Los músicos
Sebastián Henriquez, Sergio Zabala, Sebastián Luna y
Matías Gobbo fueron cuatro leones. El aplauso de un mar de gente, las miles de personas que cantaron a coro con nosotros algunas de las canciones, me hizo ver el carácter popular de lo que hacemos. No en
Europa, ni en
Japón; a mil seiscientos kilómetros de
Buenos Aires, en un pueblo agrícola del sur de
Salta.
Solo me queda agradecer al
Ministerio de Cultura de la Nación y al
Municipio de Joaquín V. González por invitarnos, y al público que nos llenó el corazón de aplausos y afecto. Les dejo una foto del equipo en la ruta, hasta el próximo viaje. Nunca más convencido de que cantar el tango es un acto de amor, de dar y recibir amor.
Fuente: Con Sentido Crítico