Aunque ciertamente él ya estaba al tanto de todo, yo quería contarle uno a uno los detalles de lo que viví en los años que no nos vimos, y de todo lo que me había hecho falta. Todo eso surgía de mi mente mientras continuábamos fundidos en ese abrazo silencioso pero cálido, que lo concebía indestructible.
Aunque parezca contradictorio, a pesar de su ausencia, su presencia es diaria y asoma invariablemente en cualquier momento y a cualquier hora. Esa evocación a veces me disparaba alguna anécdota risueña, pero también puede aparecer mientras duermo. Ahí, por lo general, es tan intensamente triste que me hace despertar con una amargura profunda, que yo disipo lentamente llorando sentado a un costado de mi cama.
Mientras lo abrazaba quería hablarle, pero una masa de lágrimas pesadas se atoraba en mi garganta dejándome mudo.
Quería conversar, pero no solo por la necesidad de ponerlo al día sobre mi crecimiento personal y profesional, sino por algo que hasta hoy me resulta imposible de soslayar: encontrar un interlocutor válido como él, para abandonar algunas dudas que se me instalaron, relacionadas con el destino de la humanidad. O simplemente, para compartir algún razonamiento sobre cualquier tema de actualidad.
También quería decirle que yo desde que él se fue, ya no necesité las fechas. Porque aunque sé que su cumpleaños es el 24 de febrero, que se fue un 7 de julio de 2008 y que el 2 de noviembre es la conmemoración de todos los fieles difuntos, yo me acuerdo de él todos los días de mi vida. 
Después de un rato, sin decirnos nada, nos miramos. Pocas veces lo había visto con lágrimas en los ojos. El no poder hablarle me hacía sentir tan vulnerable como un niño, pero finalmente saqué fuerzas y le dije: “Hola papá. No sabes las ganas de abrazarte que tenía”.
Escrito por Omar Dantur