El amor siempre emerge virtuoso ante nuestra miseria humana

- LITERARIAS

El amor siempre emerge virtuoso ante nuestra miseria humana
El amor siempre emerge virtuoso ante nuestra miseria humana

Octavio sentía que el 2025 era otro año que se iba con más penas que glorias. Con la muerte acechándolo como manada de hienas salvajes, mientras que él, aunque mal herido, seguía dándole pelea. Esto se daba por dos razones: la primera estaba relacionada con su firme pretensión de permanecer con vida; mientras que la segunda era por el afán de enaltecer el hecho de haber amado tanto, tanto, tanto en esta vida.

Estaba convencido que el prodigio de vivir solo radicaba en esa vertiginosa sensación de plenitud y conexión profunda. En esa vivencia que también puede ser escoltada por un torbellino de emociones contradictorias, como la alegría y la tristeza, la felicidad y la ansiedad. “El amor tiene la fortaleza de transponer incluso la muerte”, decía.

Osvaldo era esencialmente un buscador de transmutaciones maravillosas. En el amor encontraba cierta transformación interna que lo llevaba, hacia un estado de mayor espiritualidad y comprensión de su verdadera naturaleza.

“El instinto de buscar, la fortuna de encontrar y el gusto de conocer. La ilusión de vislumbrar, el placer de coincidir, el temor a reincidir y el orgullo de gustar. La emoción de desnudar y descubrir despacio el juego. El rito de acariciar prendiendo fuego. La delicia de encajar y abandonarse. El alivio de estallar y derramarse”. Así describía el amor Joan Manuel Serrat en unas de las canciones con las que más se identificaba Octavio.

Sin embargo, por otro lado, Octavio pensaba que la muerte podía servirle como un recordatorio de la fragilidad de la vida y la importancia de amar intensamente.

Al final, Octavio comprendió que la muerte no era una enemiga a la que vencer, sino el marco que le daba valor a su obra más importante. Porque en ese contraste entre la hiena que acecha y el corazón que late, el amor no es solo una emoción es la única victoria real que el ser humano puede reclamar frente a la finitud. Una luz que, incluso cuando el cuerpo se apaga, permanece encendida, impecable, como el testimonio de quien se atrevió a vivirlo todo.

Él sabía que el reloj no se detiene, pero también que un segundo de amor absoluto pesa más que una eternidad de indiferencia. Por eso, frente al final del camino, ya no importaban las cicatrices de la pelea, sino la certeza de que su alma seguía siendo ese refugio sagrado. Porque el hombre puede caer, pero el amor, intachable y soberbio, siempre aparece para tener la última palabra.

Tal vez de eso se trate la transmutación que tanto buscaba: convertir el miedo en entrega y la agonía en gratitud. Octavio decidió que si la vida era un suspiro, el suyo tendría la fragancia de lo amado. Porque cuando el amor es así de intenso, logra lo que parece imposible: que la miseria humana se disuelva para dejar paso a lo eterno, ahí donde el tiempo ya no tiene poder y solo queda el alivio de haberlo dado todo.

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