Tiene la poesía un don especial para la verdad. Usando pocas palabras, dispuestas en el orden correcto, nos revela realidades esenciales que, de otro modo, se escapan ante nuestros ojos. Un gran artista para esto de atrapar la verdad entre las letras de unos versos fue Mario Benedetti, a cuya cita hoy nos referimos.
“Nunca pensé que en la felicidad hubiera tan tristeza”, escribía el autor. Y sin apenas percatarse, en estas pocas palabras, escondió una de las verdades más difíciles de asumir para el ser humano. Y es que felicidad y tristeza son dos caras de la misma moneda. Una no podría existir sin la otra.
Dos caras de la misma moneda
Si intentaras imaginar un mundo en el que no existiera la infelicidad, acabarías dibujando en tu mente algo similar a lo que otro gran escritor de la historia universal plasmó en su obra magna: Un mundo feliz, del gran Aldous Huxley.
Una felicidad eterna requeriría, en el mejor de los casos, una cesión total de la libertad por parte de la humanidad. Aunque quizá el resultado, como refleja la obra del citado escritor, es que la felicidad no puede ser eterna. No existe sin su contraparte: la tristeza.
Mario Benedetti plasmó esta misma realidad en sus versos. En la felicidad plena encontraremos momentos de auténtica tristeza, y en la más dolorosa de las desesperaciones hallaremos momentos de profunda belleza y alegría. Ambas son caras de la misma moneda, no existen la una sin la otra.
El dolor conoce a la belleza
“No es posible obviar el papel del dolor en la felicidad”, escriben Álex Rovira, Xavier Guix y Francesc Miralles en su nuevo libro, Esencial. Paradójicamente, el dolor hace que no podamos sentir felicidad. Analizaremos más adelante el por qué de esto. Pero, por otro lado, sin dolor, no podemos reconocer la felicidad más esencial.
“La felicidad se aprecia por contraste”, aseguran los expertos. Solo tras un periodo de dolor físico se aprecia la bendición de un cuerpo saludable. Solo tras un doloroso periodo de soledad indeseada se aprecia realmente un abrazo amigo.Es un juego de contraste que forma la esencia de la vida. De hecho, como explica el complejo del “sanador herido” de la psicología moderna, las personas que más han sufrido, con mayores heridas y traumas, son a menudo las más preparadas para acompañar a otros en su dolor y sanarlos. Como si la tristeza nos fortaleciera y nos diera el verdadero don de reconocer la felicidad.
¿Por qué la tristeza opaca la felicidad?
Siendo tristeza y felicidad dos caras de la misma moneda, ¿cómo es posible que cuando habitamos la primera seamos incapaces de ver la segunda?
En la filosofía encontramos varias respuestas posibles a esta pregunta. La más inmediata, quizá, la encontramos en el budismo. El ser humano, explica esta corriente del pensamiento, es el único animal que sufre dos veces. El ciervo recibe un dardo y sufre, pero sigue corriendo. El ser humano recibe el dardo, y sufre. A este sufrimiento le añade otro: se sienta y se lamenta por el dolor, se pregunta por qué tiene que sufrir, se identifica con ese sufrimiento.
La identificación, el ego, el apego son los verdaderos motivos por los que no somos capaces de ver la felicidad en tiempos difíciles. Si somos capaces de deshacernos de esa identificación, si dejamos de preguntarnos por qué nos tocó ser víctimas del dardo, transitaremos la tristeza, el sufrimiento inevitable, con mayor calma. Incluso, con plenitud y felicidad.
Por otro lado, los clásicos nos dirían que erramos al pensar en la felicidad como una emoción que se puede perseguir, y no como el resultado de una vida bien vivida.
La felicidad virtuosa
Desde Aristóteles hasta Kant, llegando incluso a pensadores modernos como José Carlos Ruiz, la filosofía ha defendido que la felicidad es el resultado de una vida vivida con virtud. La felicidad, por tanto, se encuentra en la satisfacción de saber que se ha obrado bien, algo que no puede empañar tristeza alguna.
David Hume, filósofo escoces, iría un paso más allá y nos diría que es de hecho la tristeza, al igual que el resto de las emociones, la que configura nuestro esqueleto moral. Sin ellas, jamás podríamos obrar con virtud y, por tanto, jamás alcanzaríamos esta felicidad eudaimónica que nos presentaban los clásicos.
Aceptar que el sufrimiento forma parte de la vida, que no hay felicidad sin tristeza, es por tanto el único camino hacia una felicidad plena y duradera. Porque como dijo el poeta Mario Benedetti: “Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza”.