Vivimos en una sociedad en la que tiene más valor el cajón que el muerto. La gente se aleja del que no le puede sumar de alguna manera ya sea en bienes materiales, dinero o influencias que lo aproximen a ese objetivo. La búsqueda permanente y hasta perturbadora de la riqueza produce un desequilibrio enorme en las personas, que los hace crueles e incapaces de medir el costo espiritual y hasta familiar que esto conlleva.

¿Cuándo ocurrió este punto de inflexión? Probablemente, no fue un evento único, sino un lento proceso de erosión cultural que se aceleró con la llegada del capitalismo tardío y la sociedad del consumo. Pasamos de valorar al individuo por lo que era capaz de aportar a la comunidad (su intelecto, su integridad, su bonhomía) a medirlo exclusivamente por su capacidad de consumo y exhibición.

La tecnología, paradójicamente, ha exacerbado este fenómeno. Hoy, la "vitrina" de las redes sociales nos obliga a convertir nuestra vida en un producto. Si no hay retorno, si el otro no es una pieza que encaje en el engranaje de nuestro ascenso personal, se vuelve desechable. Hemos transformado el afecto en una transacción comercial donde, si el balance no es positivo, la relación se liquida.
Sin embargo, el costo de este pragmatismo es la soledad absoluta. Al despojar a los vínculos de su gratuidad (de ese amor o amistad que no busca más fin que la compañía misma), terminamos rodeados de "contactos" pero huérfanos de compañía. El éxito medido en números es un refugio frío al final del día, la cuenta bancaria no puede sostener la mano de nadie en los momentos de vulnerabilidad.
Quizás la verdadera rebeldía en este siglo XXI no sea acumular, sino tener la valentía de cultivar vínculos "improductivos": esos que nos obligan a ser mejores personas, no por lo que tenemos, sino por quiénes somos cuando nadie nos está mirando.
por Omar Adib Dantur