Hoy, ese equilibrio se rompió por completo. Trabajo más horas, asumo más responsabilidades, me agoto más, pero no llego ni al día 10.
Lo más cruel de esta situación no es que tan solo nos falte para cubrir lo indispensable, o las cuentas que nos salen un 'ojo de la cara' poder pagarlas es la pérdida de la libertad. Es como vivir con arresto domiciliario. Mi mundo se ha reducido a los límites de mi pueblo, no porque una orden judicial me lo impida, sino porque el bolsillo dicta mi sentencia.
Hoy, visitar a mi madre que vive a solo 120 kilómetros, se ha vuelto complicado por la falta de ingresos. La crisis no solo licúa los recursos económicos, también licúa los abrazos, las distancias y los vínculos. Me han cercado.
Ya el trabajo dejó de ser un medio para progresar y se convirtió en una lucha desesperada por no hundirse. No es falta de voluntad es el peso de una realidad que devora el valor del tiempo.
Atrapado en esta inercia, uno empieza a preguntarse si estamos trabajando para vivir o si simplemente estamos financiando nuestra propia supervivencia en un mundo que se volvió demasiado caro para los que ponemos el cuerpo.
Mientras tanto, esos 120 kilómetros que me separan de mi madre parecen estirarse cada vez más. No es la ruta la que creció, es la brecha entre lo que gano y lo que necesito para sentirme al menos por un día, un hombre libre. Porque "el arresto domiciliario" sigue vigente. Y lo peor de esta celda invisible, es que no tiene fecha de salida, solo la rutina de un esfuerzo que ya no rinde y de un horizonte que se termina apenas cruzo la puerta de mi casa.
La economía actual, también "se llevó puesto" al contrato social básico. Nos han dejado quietos, mudos y aislados, esperando que el próximo 10 del mes sea, por fin, un poco menos asfixiante.