Como todos los años, el 20 de marzo se conmemora una efeméride que fue proclamada de manera oficial por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas el 28 de junio de 2012, el Día Internacional de la Felicidad. Pero para nosotros, es fundamental poner los pies sobre la tierra, porque es imposible hablar de "felicidad" plena cuando no sabés si llegás a fin de mes.
Aunque no siempre es posible y cada persona la vive de una forma u otra, la felicidad va asociada al bienestar, a la sonrisa, a la alegría, y a menudo también a la paz y la tranquilidad. Lo mismo nos pasa con el amor y la celebración de éxitos o buenas noticias al lado de nuestros seres queridos. Pero hay que diferenciar entre sentimiento y emociones. Hay una distinción necesaria que a veces los informes internacionales ignoran: no es lo mismo la felicidad (como estado emocional), que el bienestar socioeconómico.
La pirámide de las necesidades
Existe algo llamado la Pirámide de Maslow. En la base están las necesidades básicas (comida, techo, seguridad). Si esa base está rota o es inestable, el cerebro entra en modo "supervivencia".
El estrés crónico: Vivir preocupado por los precios o el trabajo genera cortisol, la hormona del estrés, que bloquea la capacidad de disfrutar.
La bronca social: Es lógico sentir que festejar un "día de la felicidad" es una burla cuando la realidad aprieta.
Entonces, ¿de qué hablamos cuando decimos que el argentino es "feliz"?
En Argentina se da un fenómeno que los sociólogos estudian mucho. No somos felices porque nos falte lo básico, sino que generamos mecanismos de defensa:
La felicidad como resistencia: Ante la crisis, el refugio es el afecto. Si no puedo comprarme un auto, al menos me junto a tomar un mate. Es una felicidad "de trinchera".
Micromomentos vs. Estabilidad: A falta de un proyecto de país estable, el argentino se volvió experto en disfrutar el "hoy". Es un hedonismo forzado: "Ya que todo es un desastre, hoy me como este asado con los chicos".
Solidaridad: En las crisis más profundas, la red de contención comunitaria en Argentina es altísima. Ayudar al otro también genera un sentido de propósito que alivia el malestar.
Para finalizar, debo decir que no tiene sentido festejar el día de la felicidad teniendo hambre o deudas. Pero sí tiene sentido reconocer que, a pesar de que el sistema nos falla, nuestra capacidad de vincularnos y de seguir adelante es lo que nos mantiene cuerdos. No es que "nos sobra alegría", es que somos expertos en sobrevivir emocionalmente.