Es una verdadera contradicción ya que a la mayoría de la gente no le interesa la espiritualidad de la “Semana Santa”, porque no lo demuestran entendiendo la situación del semejante desamparado.
Para ser honestos, esto debería tocar una fibra sensible sobre la coherencia humana. Lo que planteo es la eterna brecha entre el ritual y la acción.
Es fácil seguir la tradición (el descanso, los viajes o incluso los ritos religiosos) porque son comportamientos programados socialmente. Sin embargo, la espiritualidad efectiva, esa que se traduce en empatía activa y ayuda al igual, al semejante, requiere un esfuerzo consciente y un sacrificio del ego que no todos están dispuestos a hacer.
El “careteo”
Muchos cumplen con asistir a una procesión o no comer carne como si fueran tareas en una lista. Y en realidad la están “careteando” y esto implica engaño y simulación en la presentación de ellos mismos. Se quedan en la superficie, en la estética de la fecha.
Ahora, si el mensaje central de la Semana Santa es el sacrificio por los demás, ignorar al necesitado es, en esencia, vaciar la fecha de su significado real.
Lamentablemente, para una gran parte de la sociedad, las fechas espirituales se han transformado en fenómenos de consumo. Se prioriza el "yo", mi descanso, mi viaje, mi desconexión. El prójimo se vuelve invisible porque el enfoque está puesto en el bienestar individual inmediato.
A veces no es falta de interés, sino una desconexión emocional, una ceguera social. Vivimos en una cultura de la inmediatez donde empatizar con el sufrimiento ajeno resulta "incómodo" o "deprimente", por lo que la gente prefiere quedarse en la parte festiva o vacacional de la semana.
La verdadera medida de cualquier creencia o sistema ético, no está en lo que uno dice creer, sino en cómo trata a los que no tienen nada que ofrecerle a cambio.
Al final del día, la espiritualidad no se mide por el número de altares visitados ni por los días de descanso acumulados, sino por la capacidad de reconocer el rostro del otro. Si la Semana Santa no nos deja un poco más humanos y un poco menos indiferentes, habremos desperdiciado siete días en un rito vacío. La verdadera procesión no ocurre en las calles, sino en el gesto de tender la mano a quien más lo necesita.