La gente tiene tantas caras que ya no sabe cuál es la verdadera

- OPINIÓN

La gente tiene tantas caras que ya no sabe cuál es la verdadera
La gente tiene tantas caras que ya no sabe cuál es la verdadera

Actuamos según la conveniencia, haciendo uso y abuso de la doble moral adoptando diferentes “máscaras”, criterios y conductas, de acuerdo a “como venga la mano”.

Esto es común en cualquier estrato social, pero es mas común en los centros de poder, en las religiones y los gobiernos. Muchos condenan el adulterio, mientras por otro lado mantienen a una amante, por citar un ejemplo.

Se transmite una concepción de progreso equivalente a la destrucción de todo lo pasado. Pilares de la sociedad como la familia y la educación, que eran transmisores de los valores morales tradicionales están desapareciendo. La amistad basada en la lealtad y el honor se está transformando en amistad por interés. El respeto, la tolerancia y la generosidad hacia los demás es algo que cada vez queda más lejano.

Los pueblos del mundo han estado siempre en permanente transformación a lo largo de la historia. Pero los cambios sufridos en estas últimas décadas, han sido tremendamente profundos y sobre todo muy rápidos. Tanto, que los soportes sobre los que se asentaba se están tambaleando, y uno de estos pilares es el conjunto de valores que perfeccionan al hombre.


Hasta hace algún tiempo atrás, especialmente en lugares como el nuestro donde los cambios se dan con más lentitud, valorábamos muchísimo al conjunto de creencias, costumbres y normas que se venían transmitiendo de generación en generación.  

Porque eran en definitiva, el color que nos caracterizaba y orientaba en nuestras conductas. Esos valores (que podríamos llamarlos morales), incidían en nuestras cotidianas relaciones.

De niños nos enseñaban a interiorizar los valores morales en el núcleo familiar. Y se orientaba la enseñanza de nuestros padres, en el respeto, la tolerancia, la honestidad, la generosidad, la responsabilidad, la lealtad y  la perseverancia, entre otros.  Era usual que por ejemplo, ante el préstamo de dinero bastase solo un apretón de manos y “la palabra de honor” para asumir el compromiso de pagar la deuda el que la contraía, y la tranquilidad del prestamista de que ese dinero prestado iba a retornar de acuerdo a lo pactado. Uno lo cuenta así, y si no tenés más de 40 años debes estar desternillándote de risa. Sin embargo, eso pasaba.

A medida que íbamos creciendo comenzábamos a asumir los valores sociales, y a pensar en el respeto a nuestros semejantes, la cooperación, la comprensión, la vocación de servicio, por ejemplo. Sin embargo, actualmente parece que este proceso se ha paralizado, ha dejado de funcionar. Nos encontramos con que estos valores han dejado de apreciarse, que ya no se tienen en cuenta y, por tanto, poco o nada influyen en las relaciones sociales. Vivimos, sin duda, una crisis de valores que genera una crisis social.

Hoy las relaciones interpersonales se han vuelto superficiales sin implicar ningún tipo de compromiso, generando conductas antisociales basadas en una total ausencia de moral y en algunos casos incluso podríamos hablar de doble moral. Lo peor del asunto es que los valores se están transformando, y se están cambiando unos por otros debido a las modificaciones que se están produciendo en la forma de relacionarse las personas. 

No obstante, la mayoría de la gente entiende por "crisis de valores" la ausencia de éstos pero la situación actual no responde exactamente a su desaparición. Realmente lo que está ocurriendo es mucho peor. Los valores tradicionales están siendo sustituidos en la mayoría de las sociedades por otros basados en el individualismo. Se promueven, de forma globalizada, corrientes de materialismo y hedonismo creando una sociedad donde lo más importante es tener y en la que se promueven las necesidades del consumismo, dejando a un lado el valor del ser humano y ofreciendo un ambiente altamente nocivo para cultivarlo. La otra cara de la moneda la forman aquellos que, dentro de la tensión social creada, viven en el conformismo bastándoles con tener garantizada la supervivencia y la seguridad.

Están cambiando todas nuestras referencias morales, incluso el valor de las consecuencias de nuestros actos, alcanzando la cota del “nada importa excepto yo”.De todos es conocida la frase “divide y vencerás”, y en una sociedad dividida, atomizada y sin cohesión entre sus miembros, en la que prevalece el individualismo, la competitividad y el todo vale, está claro hacia donde se inclina la balanza.

Si continuamos por este camino, nos aproximamos a un triste futuro como ya lo vaticinaba Aldous Huxley en su libro “Un mundo feliz”, en el que triunfan los dioses del consumo y la comodidad y donde se han sacrificado valores humanos esenciales.

Sin embargo, yo soy optimista por naturaleza, y sigo creyendo que podemos ser mejores. Tenemos que creer en el ser humano. Empecemos por ejercitar salirnos de nuestro interior, para comenzar a tratar a los demás como si fuéramos nosotros mismos. Nunca es tarde para crecer y mejorar en función de ese común denominador que somos todos y no uno solo.    







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