Los argentinos somos exitistas. Odiamos a los que pierden, y eso no es bueno, porque de reveses también está hecha la vida.
Nos va mal de puro exitistas. Por querer ganar siempre, perdemos como en la guerra. No admitimos lo importante que es saber administrarnos un porcentaje suficiente de derrotas. Sólo cuando aprendamos a amar el fracaso con la misma ternura que al éxito estaremos completos como personas y seremos sabios. El ying y el yang, el blanco y el negro: adoremos por igual las dos mitades del espíritu humano.
Una buena manera de revertir esta cuestión sería que nuestros líderes políticos empiecen a dar el ejemplo. O sea, que no sean exitistas, que no nos pongan por delante nada más que sus éxitos, y que en sus campañas proselitistas también admitan su lado débil, el de sus fracasos y hagan que los queramos más por ellos.
Pero mirándolo desde lo futbolístico, es más que obvio que la mayoría de los argentinos son muy exitistas, y no le perdonan a Messi que no sea campeón mundial.
¿Será que los argentinos nos creemos que somos más de lo que en verdad somos?
La respuesta es Sí. Pero no solo en el fútbol, sino también pasa en tenis, en básquet, y en otros deportes. Y fíjense, el rugby salió tercero en el mundial 2008 en Francia y fue denominado como ‘gloria’, ¿algo estaba cambiando? No, porque después de eso la exigencia para ellos fue que estuviesen entre los tres primeros siempre. En el tenis el exitismo lo padecimos en la copa Davis 2008. Sin Nadal en el equipo español, siendo locales y habiendo elegido superficie, nos creímos invencibles. Ya estábamos festejando antes de jugarlo. Pero no calculamos la lesión de Del Potro. Ellos fueron un verdadero equipo y ganaron. Otra vez sin la copa en una situación muy favorable. Y estos solo son un par de ejemplos.
Ahora bien, si uno se pregunta: ¿el exitismo también está globalizado? Yo respondería que Sí, pero en nuestra cultura es muy cruel. Aquí se ha instalado a ‘fuego’ que el segundo es el primero de los fracasados, y eso es muy nocivo. Porque si la meta es salir siempre primero, esto es imposible lograrlo. El fútbol es el deporte cultural de los argentinos. Y como hace 32 años fuimos campeones del mundo, pensamos que somos del primer mundo, como decía el querido Negro Fontanarrosa. Nos lo han hecho creer y lo hemos querido creer. La verdad es que somos un país del tercer mundo que en fútbol siempre se destacó. Pero ahora ni siquiera nos alcanza con llegar a la final. Debemos ganarla o se trata de un fracaso. Si el equipo clasifica, son dioses. Maradona es Dios, Mascherano es Dios, Messi es Dios. Si no se clasifica deben ir todos presos, sin excepciones. Porque confundimos derrota con fracaso y éxito con victoria, y olvidamos que hay maneras de ganar y maneras de perder.
Antes del partido contra Nigeria,  ya estábamos fuera del Mundial y queríamos juicio para Sampaoli y los jugadores. Después de ganarle a Nigeria, ya muchos aseguran que si logramos ganarle a Francia, íbamos a ser campeones del mundo.
Así somos, tal como el chiste mexicano sobre nosotros: ¿qué hace un argentino en la terraza de un rascacielos en el Distrito Federal? ¡Está observando cómo se ve la ciudad sin él! Somos egocéntricos, narcisistas, soberbios, buscamos magos y salvadores. En la política también y así nos va.
Y además de cuestiones tácticas que nos exceden, esa razón de búsqueda de soluciones mágicas es, a mi modo de ver, una de las causas por las cuales Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, no rinde con esta camiseta lo mismo que con la del Barsa. Maradona le preguntó, cuando era el entrenador del seleccionado, qué le pasaba, y él respondió "Nada…pero me siento presionado…parece que tengo que hacer todo yo".
“Nada mata más al hombre que representar al país", decía Julio Cortázar en Rayuela.
Y a esa mochila que ya parece un piano, se la llenamos de 40 millones de entrenadores que lo miran, le exigen y esperan mucho de él, al punto de que sea el ‘Diego’ actual, que eluda a todos y convierta, que nos salve mágicamente aunque no haya equipo que lo respalde. Como si fuera fácil. No es fácil ser Messi. Y el problema del seleccionado es que los grandes equipos, como el buen vino, llevan tiempo, trabajo y buenos materiales. Cualquiera junta buenos jugadores, lo difícil es hacerlos jugar en equipo. Todo equipo es un grupo, pero no todo grupo es un equipo. La música no siempre suena armónica. Y Diego Armando Maradona es la mejor representación de lo que somos, según el cantante Manu Chao, una tómbola, arriba y abajo. Todo o nada. Euforia excesiva o depresión. Por eso lo amamos, pero a veces lo odiamos. Hay que esperar a este seleccionado y ayudarlo, lo que significa respaldarlo en las tribunas y no destruirlo en las redes sociales o en la prensa.
Porque la verdad es que a los argentinos nos sobra arrogancia y nos falta humildad, también en el deporte.
Cuando a Albert Einstein le preguntaron si existía la fórmula del éxito dijo que no, pero que había tres elementos que no podían faltar: Juego (traducimos como disfrute, placer lúdico) + trabajo + hablar poco (traducimos como humildad). Ahora, ¿somos tan ganadores y tan diferentes como pensamos o es solo una ilusión? ¿Y si ese afán desmedido de éxito nos condena de antemano, según la definición de la Real Academia Española? ¿Se puede ganar siempre y todo? ¿Planteamos las metas muy altas? ¿Se puede ser ganador pero ser humilde y erradicar el desmedido? ¿Qué es el éxito? ¿Los argentinos perseguimos incansablemente nuestro propio fracaso? Son preguntas que deberíamos hacernos y respondernos con honestidad.